Cual un Tántalo moderno por la ciudad

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Fuera de la juramentación como contador público de una hermana mía, a la que asistí, mi día de ayer fue una réplica de los anteriores:   ya saben, ejercicios faciales, medicamentos, escribir y leer hasta el medio día, mascarillas de arcilla, pediluvios nocturnos, gotas y aromas, etc.  Lógicamente, otra cosa que varió fue que no rodé por la ciudad en el vehículo, ya que me ocupé con la ceremonia de la juramentación.

Fue en Altamira, en el Colegio de Contadores.  Una ceremonia tranquila y rápida, sin mucho ruido.  Pasaron en fila india a tomar su obligación ética y ya.  Luego el brindis y la comedera en una sala aparte.

Le tomé fotos… Bueno, fui de fotógrafo, oficio que me apasiona.  Le saque fotografías cerca del estrado, comiendo, en el pasillo, contra las paredes, en compañía de amigas y conmigo.  Cada graduando era un número, al menos así se lo inculcaban:  apréndase el número porque nosotros no manejamos nombres.

En la sala aparte había charcutería y bebidas.  Apenas un pedazo de queso amarillo, no comí ni tomé nada, aunque me pudiera provocar.  Son las reglas, que se cumplen.  Estoy a régimen y respeto el punto, disciplina que hace parecer que lo que viví antes de sufrir la otitis que me sumió en este acúfeno hubiera sido otra vida.  Y cosa cierta, desde el punto de vista de los alimentos:  yo era un depredador que comía hasta cocodrilos, y tomaba y fumaba.

Ahora ando en una onda de omnívoro equilibrado, calculando la carne en proporción con los vegetales.  ¡Vaya, vaya!  La circunstancia me recordó a Ulises cuando bajó al inframundo y se topó con Tántalo y su maldición sedienta, siempre rodeado de comidas y bebidas y cuando intentaba tomar el bocado…, ¡pum!, éste desaparecía. Mi mal es peor: hay los provocativos manjares, pero no desaparecen.

Bueno, ahora soy un Tántalo moderno en medio de la ciudad, en tanto me están negados los viejos vicios y desmesuras, es decir, la comedera y bebera.  La salida me fue útil y gratificante porque no estuve pendiente de los ruidos en mis oídos.

En cuanto al sueño, debo decir que fue regular. Ayer fue un día frío y me dio alergia. Se me taparon las fosas y no me permitieron del todo la gratificación del sueño. Pero no fue gran cosa.

Para mis amigos los curiosos, pongo tres fotografías:

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Mi sesión de masaje, apagón en Caracas y acúfeno tolerable

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Ayer, mi amigos, fui donde la terapeuta y me aplique mis masajes Ceragem, técnica de basamento oriental de la que he estado hablando en los últimos días.  A decir verdad, llevo tres sesiones y es muy prematuro hablar de resultados.  Naturalmente, mi preocupación es el acúfeno, pero no todo lo que uno se aplique no estará orientado específicamente a liquidar el acúfeno de un sopetón; lógicamente, si consiguiéramos algo que lo liquidase de un sopetón, no estaríamos dando tantos rodeos ni escribiendo tantos reportes experimentales o gamelotes.

Como dije, se trata de lograr un estado de salud general, si es posible tal que el único problemilla que nos aqueje sea el acúfeno.  De forma que se comprenda que el acúfeno no tenga una causalidad más allá de algunas células ciliadas estropeadas o o de un caracol o cóclea averiado.  Me refiero a otros probables orígenes, como en la nariz, la dieta y sus alergógenos, los grasos en la sangre y su incidencia en la pequeña vena que irriga al oído, presión de nervios en la espalda, ambiente con ruidos fuertes, cigarrillos, alcohol, estrés y tantas otras presunciones.

Como si la idea fuera la que proclama la medicina holista:  un cuerpo sano se cura solo.

Así, recurrir a diferentes terapias con tal objetivo es de lo más válido, incluyendo a las llamadas terapias sutiles, como la aromaterapia, flores de Bach (me ha ayudado un montón), meditación, Reiki, sanación pránica, homeopatía, que buscan armonizar las energías, crear un marco saludablemente equilibrado en el organismo y precipitar de modo natural la sanación.

Constituya una terapia sutil o densa (terapias que “Buscan la prevención y tratamiento de trastornos orgánicos y funcionales del organismo”), específicamente biomecánica,* como el masaje y la quiropraxia, mi terapia Ceragem tendrá un efecto sin duda armonizador, periférico, no tan central como para aspirar a eliminar el tinnitus de una, pero sí coadyuvante a la salud generalizada, eliminadora de probables causas de acúfeno con localización física.

En la tarde, después del consultorio, me fui a la calle y rodé como hasta las siete de la noche por la ciudad, disfrutando del enmascaramiento de mi ruido mientras conducía.  Hacia la hora pico de ayer, Caracas se transformó en un despelote a causa de un apagón eléctrico, paralizándose el metro y quedándose sin luz Montalbán, un sector que pude verificar in situ.  Y yo andaba por allí, ayudando a los pobres mortales a llegar a su casa después de salir de sus trabajos.

Me acosté algo más temprano de lo corriente (11:30 PM) y tuve un buen sueño.

 

Notas:

*  Véase el ilustrador artículo “Medicina holística” [en línea].  En drazamiralopez.com. – [Pantalla final]. – [S.F.]. – http://www.drazamiralopez.com/index.php?option=com_content&view=article&id=83&Itemid=40. – [Consulta: 25 ago 2011]

Día corriente con acupuntura

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Ayer martes me tocó ir a la acupuntura.  Suele ocurrir que mientras espero acostado en la camilla, entre tres y media y cuatro, me embarga un poderoso sueño (que me hace pensar que no duermo satisfactoriamente).  Debo luchar para no dormirme porque, si no, empezaría a resollar allí en plena sala atestada de pacientes.

Al momento me pregunto si no he dormido lo suficiente, como creo dormir durante las noches.  Yo me levanto en las mañanas saludable, descansado, después de dormir ocho horas, pero no está de más que sospeche que mi tabique nasal desviado, con su tapadera de nariz, ya me esté disminuyendo la calidad del sueño.  Durante la noche debo ladear el cuerpo, sobre un hombro y otro, a fin de destapar alternativamente las fosas nasales.

Ocurre también, como ya he referido, que durante el silencio de la espera allá en la Escuela Nei-Jing, en medio de efluvios de tabacos y aromas terapéuticos, mi acúfeno se sobresalta y me hace sentirlo mucho más.  Me digo siempre que luego bajará (dejaré de sentirlo con fuerza), como efectivamente ocurre.

Por lo demás, el día fue corriente.  Mi rutina diaria (medicamentos, mascarillas), mi sesión lecto-escritora hasta las dos, mi incursión citadina en el vehículo durante las tardes con las noches.  Mi sesión nocturna de pediluvios y aromas terapéuticos antes de dormir.

Reporto buen sueño durante todos estos días pasados.

Hoy me toca una sesión de masaje con mi otra (flamante) terapeuta.

Algo de la técnica Ceragem, en boga: probando…, probando…

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Sin novedad hasta hoy que reporto.  Nada ha cambiado:  ni la rutina vital, ni el ruido, ni mi confortable (afortunadamente hasta ahora) tolerancia al acúfeno.

El día de ayer, lunes, me di una vuelta por la ciudad en carro.   Estuve como hasta las 8:30 pm.  Temprano, retomé mis mascarillas de arcillas, olvidadas desde el viernes. Reporto buen sueño.

Sigo explorando sobre lo último que incorporé a mis tratamientos (rituales de sanación):  La técnica Ceragem, que así descubro se llama lo que me aplica la terapeuta nueva que conocí y tratamiento del que hablo en mi reporte anterior, Luz infrarroja y masaje con piedra jade para mi espalda.

Para más precisión, en vez de “luz” debiera ser “calor”, calor infrarrojo.  En fin, el masaje o técnica lleva el nombre “Ceragem” por el de la empresa fabricante, que promete en la práctica calar nociones de la medicina tradicional oriental en sus clientes, tales como el de una espalda recta y saludable, el flujo Qi energético (Tao) y la circulación limpia y libre de la sangre, principios estos de salud.

Es una invención coreana que combina un efecto quiropráctico al intentar con el equipo alinear la espina dorsal, principios de la medicina tradicional oriental como la acupuntura a través de la acupresión que ejercen los rodillos en la espalda, calor terapéutico, la presencia de las piedras de jade y los rayos infrarrojos (éste último detalle no es oriental, sino agregado tecnológico de nuestra era).  El éxito al parecer ha sido tal que la empresa no se ha salvado de restricciones de venta en los EEUU, donde se le acusa de fraude, de ofrecer lo que no cumple, de llamar “camas milagrosas” a un equipo que alivia y no cura, de vender desaforadamente a los ingenuos sus mentiras.

Pero la susodicha empresa tiene sus defensas, y son los mismos usuarios de su producto.  Vea, por ejemplo, la refutación que hizo una gran cantidad de usuarios a quien se atrevió a denigrar de la “invención”:  “Ceragem, ¿un fraude?” o “Ceragem desconocen demanda vs camas”.  Es para reírse.  Al parecer mucha gente se ha aliviado y ello, en casos de mucho sufrimiento, podemos decir, es de efecto milagroso.  Hay que estar en el pellejo de quien sufre para entender el dolor y para medir el valor de un alivio.  Esta nota, “QUE ES CERAGEM”, explica brévemente sobre las nociones médicas orientales implicadas en el artefacto; esta otra, “¿Camas milagrosas que curan?  Camillas Masajeadores Ceragem”, una visión bastante general del producto y con mucho humor.

Al parecer, lo que más se le critica es la especie de rituales (velas y cánticos) con que se acompaña el uso gratuito de la cama (el uso gratuito es la técnica de venta de la empresa).

Yo tengo que contar algo al respecto.  Sucede que frente a mi casa, en un comercio, se hacen colas de personas enfermas para utilizar la “invención”, las mencionadas camas, desde las 5:30 am.  Yo no sabía que se trataba de tales camas hasta que, por otro lado, lejos de la proximidad de mi hogar, lo descubrí con mi nueva amiga la terapeuta.  Es la misma técnica, aunque no el mismo equipo.  Los de las colas de gentes frente a mi casa son equipos-camas; el que yo uso es portátil, como un rodillo.

Ando en eso, cumpliendo mis tratamientos, ensayando, siempre conciente de sus efectos placebos y de los reales efectos de las curas, amén, no está demás decirlo, pendiente de no pecar de ingenuo en esta vida-selva de ovejas y lobos, donde no sabemos cuándo estamos cumpliendo uno de esos roles.

Luz infrarroja y masaje con piedra jade para mi espalda

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I

Otro buen fin de semana, con una novedad.  Resumo.

El viernes estuve ahí-ahí con mi acúfeno, algo sentido en la mañana mientras escribía y leía.  Aunque debo confesar que fue ─digamos─ una pequeña crisis de momento, superada sin percances hasta hoy.  Como he dicho, por más fuerte que se sea, el pitido permanente en algún momento te hace claudicar y liberar la química indeseada de las emociones pésimas.

Hice vida en el computador como hasta la 1:00, cuando me fui hacia la novedad que les anuncié.  Conocí a una terapeuta holística en el consultorio de mi odontólogo y decidí explorar mejorías con ella.  Ofrece masajes energéticos, basados en la técnica de la acupresión o en la técnica que recrea la estimulación de los puntos que trabaja la acupuntura, pero sin agujas, lógicamente, a fuerza de dedos y manos.

Posee, además, un aparato de masaje compuesto por calor, piedras de jade y luz de neón, básicamente para aplicar en la espalda, con emisión de luz infrarroja y con procura de efectos quiroprácticos.  Es decir, con el propósito de enderezar la columna vertebral, fortalecerla y estimular las terminaciones nerviosas que circunscriben a la médula espinal.  Para mi caso, persona con tinnitus, tiene una especial importancia, puesto que yo buscaba hace un tiempo el servicio de un osteópata, pensando siempre en la probabilidad de que mis músculos o huesos lumbares pudieran tener alguna incidencia en mi acúfeno al presionar algún nervio periférico o al emitir algún efecto de contractura.

Ella no es osteópata, pero su máquina me atrajo y decidí someterme a la sesión de veintiún masajes que me ofreció en tratamiento.  Como advierte la introducción al uso de esta técnica, “Hay que tener claro que esta técnica de relajación no sana enfermedades ya diagnosticadas, sino que ayuda a sobrellevarlas aportando una mejor calidad de vida”, no me sorprendí, dado que tal pareciera ser el lema de cualquier tratamiento que usted imagine contra el acúfeno.

Sin embargo, busco atacar zonas periféricas, y periféricas mejorías.  Es decir, procura al menos mejoría si es que el acúfeno no tuviese cura a ciencia cierta.  La técnica con jade y su energía infrarroja es relajante, correctora de la posición oseo-muscular dorsal, estimulante de la función nerviosa, entre muchos más efectos.  Su efecto antiestrés es para mi suficiente debido a que, en una persona con mi afección, el control del sistema límbico (de donde se disparan las emociones que pueden alterar el sistema nervioso central) es fundamental.

Alivio es lo que busco, mientras llega la cura.  La técnica también promete fortaleza del sistema inmunológico con su efecto estimulante a través de la luz infrarroja y calor de luz de neón.  Los siguientes puntos me persuadieron de su uso:

  • Estimula el sistema inmunológico
  • Elimina el estrés
  • Dilatación y mejora de la circulación sanguínea
  • Propiedades antiiflamatorias
  • Disminuye los ácidos grados depositados en las arterias

Por supuesto, me gustaría que dijera “elimina el acúfeno”, pero ya he comentado al respecto.

II

La tarde del mismo día tuve la intención de salir a pasear mi carro montando transeúntes que paguen por ello (je, je, me río de mi manera de denominar el taxismo, que me apasiona, que me brinda la oportunidad de examinar a mi gusto la ciudad).  Pero no me fue de los mejor, llovió tormentosamente y me vi obligado a detenerme.  Aproveché para hacer de mecánico y le cambié el aceite y filtro del motor al carro.  Debo acotar que durante este lapso de tiempo, con el murmullo de la lluvia y el ajetreo del trabajo, fui feliz, no oí al don tinnitus y la pasé de lo mejor. Quise quedarme siempre así.

El sábado ni leí ni escribí una letra y me dediqué a llevar al terminal de pasajeros a mi esposa e hija que salían de viaje, a cargar la batería emocional con sus parientes.  Estará ausente durante una semana. Trabajé en la tarde.

El domingo me lancé un rato al mercado de Quinta Crespo a buscar hierbas y frutas, ruleteé el carro durante la tarde y luego me fui un rato a leer.  El sueño ha sido bueno hasta hoy.

Paseando mi acúfeno entre la carne y los vegetales

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A pesar de no haber dormido “completo”, como te lo dice la sensación restauradora del cuerpo al levantarte, ayer no me faltó la vitalidad.  Mi día transcurrió satisfactoriamente para mis propósitos y lo aproveché para mis lecturas e indagaciones en la INTERNET y los libros.

Estuve sentado frente al computador hasta el mediodía pasado y luego, como a las tres, me fui a buscar el carro para dar una vuelta con mi esposa e hija, quienes se quejaron de que yo me acaparare la ciudad para mi solo.

Me distraje.  Fuimos a El Junko, un poco más allá de El Junquito, vía colonia Tovar.  Estuvimos un rato allí, como hasta las seis.  Lógicamente, me vi “obligado” a comer la carne, la grasa y la harina del sitio, es decir, el cerdo, el chorizo y los bollos de maíz.  Yo sigo corrientemente un régimen alimentario libre de grasas animales, azúcares y carbohidratos, y traté en lo posible de disfrutar la comida.  Pero, confieso, no tuve un disfrute pleno.  Mi organismo se ha limpiado a lo largo de meses ya de estar sometido a una escogida dieta, y podía sentir cómo la grasa me impactaba en el organismo.  Una suerte de rechazo de cuerpo y mente, no abierto, no confesado del todo.

La idea de ser vegetariano no camina conmigo, a pesar de que mi doctora de control opina que debería, según mi tipo de sangre, A+.  Pero mi organismo ha sentido rechazo al mirar a otros comer lo que antes era una delicia para mí:  hamburguesas, frituras, etc.  Mi respuesta a la doctora ha sido no aceptar el estilo de vida vegetariano, pero le propuse me diera alternativas, un régimen mixto de vegetales y carnes para yo adoptarlo.  Acordamos y dentro de poco, después que me aplique una terapia 100% vegetariana que me recetó durante tres meses (empiezo en septiembre), lo pondré en práctica.  En resumidas cuentas, seré vegetariano durante tres meses, como tratamiento, y luego adoptaré un estilo de vida mixto entre carnes y vegetales.

Recuerdo a una amiga de la universidad, llamada Damaris, muy delgada ella y dada a nociones de la medicina oriental, que una vez entabló una conversación conmigo respecto al vegetarianismo.  Me decía que los humanos no habían nacido para comer carnes porque, a diferencia de los depredadores carnívoros de la naturaleza, no poseía mandíbulas ni dientes desgarradores; que por naturaleza éramos vegetarianos, con dientes delicados para cortar el tallo de las flores, las hierbas, plantas y frutos en general.

Yo no condescendía con ella.  No me parecía.  El hombre es el más grave carnívoro que hay, asesino natural, con par de ojos al frente listos para el asalto.  Por desgarrar la presa a fuerza de dentelladas, no había problemas:  su inteligencia lo hacía refinado y lo llevaba a picar, desmenuzar y aliñarla a su gusto.  Le decía que el vegetarianismo era imperfecto, porque debe complementar con aditivos animales (proteínas) su dieta.  Un vegetariano en puro no sobrevive, requiere la proteína, que, si bien se encuentra en los vegetales, es poca y deficiente, en contraste con la animal, más completa y abundante.  Por lo que sé, el cuerpo humano requiere de aminoácidos esenciales para formar sus propias proteínas, y estos pueden conseguirse completos en cualquier bocado de origen animal.   El problema con los vegetales es que difícilmente concentran tales aminoácidos en un bocado y hay que tragarse un bosque entero ─ya bromeando─ para pescar tales nutrientes esenciales.

El cuerpo humano es un animal y muy adecuado a la digestión de nutrientes de origen animal.  Más aceptable es asentar que somos omnívoros, pero con tendencia muy carnal y animal, partiendo del hecho mismo, contundente, de que poseemos una estructura de carne como soporte vital.  Me puse a pelear con la amiga y le pregunté si su sueño era llegar a ser un árbol, inmóvil y enterrado hasta el fondo de la tierra.  Ella me respondió, en medio de la molestia de mi tozudez, que sí, que era preferible ser un vegetal a un animal que vive de la sangre, vampiresco, destruyéndose entre sí, como hacen los hombres en la actualidad.  Por supuesto, ya se escapaba el tema de conversación hacia unas fronteras del humanismo, no colable aquí ahora.

Mi amiga Damaris, a propósito, tenía aspecto de anoréxica, una enfermedad.  Era bella, limpia, pero si la mirabas a fondo podías adivinar su fragilidad vital.  Algo hippie, recuerdo, pacifista, amor y paz, y era como si sugiriera que somos una fenomenología mental que utilizaza el cuerpo para andar.  Se dirá, en el fondo, conociéndola, que su propuesta era que tenemos un alma que se soporta prestadamente en un cuerpo, no habiendo evolucionado el hombre hasta el grado perfecto de ser una figura espiritual y de pensamiento en puro, incorpórea.

De regreso, me fui, ¡por fin un rato bueno!, hasta la plaza O’Leary, donde estuve leyendo sobre la cultura egipcia hasta las nueve, momento en que tengo que partir para continuar con mi rutina médico-casera.  Antes de las diez, debía preparar el agua para mis pediluvios e infusiones.  De todos modos, hay que retirarse a esa hora.  Me lo recomendó la misma vigilancia de la plaza, por lo peligroso de los asaltos.

Y es cosa cierta.  Ya a esa hora hay que partir, porque empiezan a llegar los vagabundos a pedir y examinarte, quizás para encontrar algo que arrebatarte.  Ayer nomás dos se me acercaron e insistieron frente a mí, frente a una estatua que no quitó los ojos del libro ni les respondió.

Finalmente, y ansiadamente, dormí algo más temprano y tuve un sueño reparador. Esto me preocupaba, porque mi refugio real en estos momentos de la vida es el sueño y si no lo puedo conciliar…

Acúfeno e insomnio

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Mi día miércoles transcurrió suave, digamos casi curado del acúfeno, por ser lo más optimista.  Sabemos la verdad:  el acúfeno está allí, sonoro con la misma fuerza, y es nuestra sensibilidad la que determinada que lo oigamos con mayor o menor fuerza.  Al menos en mi caso.

La acupuntura de anteayer hizo su contribución, beneficiosa.  Y también la distracción a que someto mi vida en las tardes, paseando la ciudad, paseándome, paseando el acúfeno.

Ayer no me aplique arcilla; se me olvidó.  Lo atribuyo al hecho alegre del optimismo, de no sentir tanto el protagonismo del ruido.  Es así:  apenas uno experimenta algo de mejoría, afloja los controles y medidas.

Después de mi vuelta a pie por la ciudad, me estuve un rato en la plaza O’Leary, leyendo algo sobre medicina tradicional china, la misma que promulga que te enfermas porque rompes tu armonía con la vida y contigo mismo, grosso modo, con el universo.  “Según esta concepción, el hombre enferma o es propenso a enfermar porque no sabe vivir la vida y disfrutarla, porque ha perdido esa conexión, ese intercambio con su Universo.” (J.L. Padilla Corral:  Tratado de sanación en el arte del soplo).

En mi caso, no niego que posiblemente haya estado subsumido en el silencio, en tareas muy personales, si se quiere egoístas.  Yo y mis cosas, yo y mis lecturas, yo y mis cuentos, yo y mis escritos.  Dedico una buena parte de mi vida a estar a solas, a leer, a escribir, y tal vez no haya sido saludable.  Tal vez haya venido la vida a equilibrarme y a ponerme un “sonido” en mi silenciosa vida para vivificarme, estremecerme, hacer ver lo invisible, recapacitar, retomar…  Tal vez…

Pero ocurre que tengo el acúfeno y mi mayor preocupación es recuperar el silencio y la tranquilidad para dedicarme con más fuerza a mi “egoísmo”.  ¡Vaina, así lo siento!  Mido aquí y allá para que así sea.  Me tomo los medicamentos mientras escribo, mientras leo.  En mi mente está la imagen de mis años futuros ejerciendo mi soledad, mi distracción, lo que yo considero me calma el alma de verdad.  De modo que me parece fuera de lugar lo que algunos atribuyen al acúfeno en cuanto a que es una sintomatología de una exigencia de cambio vital, de estilo de vida, de reflexión.

He debido de romper mi conexión con el universo por otra vía, siguiendo con el postulado médico del libro.  Y ello, por supuesto, está en la mira de mi indagación.  No pretenderá el acúfeno, digámoslo así, ofrecerme cura a cambio de que yo abandone un estilo de vida que me hace precisamente sentir vivo.  De forma que estoy pendiente de ese algo más que tiene en defecto mi vida.

El encanto del día se rompió en la noche.  Después de mis pediluvios e infusiones, y de usar el computador, no me fui lo mejor “armonizado” a dormir.  Debí atender unos asuntos de la familia.  No dormí en el momento y concilié el sueño como a las 2:30 AM.  Inclusive, me tuve que levantar a tomarme un té de tilo para inducirme.  Perdí algo el control y la relajación, y mi acúfeno, que había estado apagado, poco a poco se fue encendiendo hasta que lo noté significativamente.  Prendí el radio y puse mi ruido “blanco”, artificio que prácticamente había desechado.

Ocurrió que estaba pendiente de mi nariz, de que no se tapase y me puse a pensar en el futuro, en las cirugías, en mi tabique, en ansiedades respiratorias, en terribles anosmias, y así, yo mismo por mi mismo, no me pude procurar el sueño con rapidez.  Se dirá que hace falta el yoga (de vacaciones actualmente), la práctica de la relajación y el deseable cansancio muscular que proporciona.

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