Acúfeno y pesimismo

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A veces pienso que no dar paso a los pensamientos y emociones pesimistas hace las veces de una presión sobre una cuerda contenedora, que alguna vez puede ceder.

Me refiero al acúfeno y a las medidas de equilibrio que uno toma para no dejarse abatir.  No pensar en el ente, en el ruido, en su implacabilidad, en su infinitud, en que será así hasta el momento de nuestra muerte, peor si de vejez.

Se gana tranquilidad evitando la entrada de nociones dañinas; pero yo me digo que podría no ser muy sano.  Me parece que hay que pensar en el acúfeno y racionalmente valorarlo en su malignidad, digamos así.  Condolerse algo por padecerlo, dado que es una afección molesta, y no ir por el mundo como si nada, como si se fuera feliz con sendas cornetas en los oídos.  No ignorar la realidad del todo. No digo que la actitud de ignorancia no sea buena, pero en lo que no creo es la mentira absoluta de autoengaño “No tengo acúfeno”, “No oigo nada”, “¡Bah, es una bagatela el grillito que oigo!”.

Por ello es que estoy de acuerdo con la Terapia de Reentrenamiento Fisiológico, que recomienda la habituación sobre la base de la audiencia del acúfeno, no disfrazándolo competamente.

La cuerda contenedora no puede ser más eterna que el acúfeno mismo, y esa realidad obviada podría entrar estrepitosamente a tu alma, quebrando las vidrieras y los soportes falsos de una salud idealizada.  Hay que estar conciente.

Por supuesto, esto lo digo hasta donde el volumen de los acúfenos permita hablar con estos aires de consejos en que ando.  Porque si un acúfeno es altísimo, al grado que no te deje oír otros ruidos exteriores, lo de la “conciencia” es una paja que pronuncio.  ¿A quién que padezca así se le puede pedir que esté conciente? De hecho, está muy conciente, no puede evitar oír el bendito acúfeno.

Ayer me comuniqué con un amigo virtual que padece del mal.  Me dijo que lo tiene tan alto que no lo puede disfrazar.  Me dejó pensativo.  Me fui a la cama pensativo.  Me dije, entonces, que el mío es tolerable, sin gran volumen aunque en los dos oídos.

En fin, no sé que pensar.  Nunca me he medido el volumen de mi acúfeno y no sé si mi amigo es demasiado sensible o quisquilloso.  Pero pensé en la vida un rato, en lo eterno del ruido y ─lo confieso─ vino a mi mente la imagen de un hombre cansado lanzándose por el balcón.

Fue algo fugaz.  Se lo comenté a mi esposa y hasta ahí llegó el análisis.

Aclaro:  fue una sensación momentánea, producto de la sugestión terrible de la condición de mi amigo.  Yo tengo mi acúfeno de moderado a severo, según me lo he tasado yo mismo con base en las lecturas que he tenido, sonoro en ambos oídos, permanentemente, pero generalmente no le paro un comino y sigo con mi vida.

Lo desprecio.  Pienso que el hombre está más allá de un pequeño murmullo.  Aunque también pienso que mi valentía proviene del hecho de no tenerlo tan alto que no me permita oír el exterior.

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Del acúfeno infinito sonando dentro de nuestros oídos

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Lo perpetuo del ruido en la cabeza es el problema.  La monotonía hace casi que se convierta en elemento del paisaje, digamos (aunque nunca ocurre del todo), pero los momentos de hallazgo con uno mismo, de tranquilidad y reflexión, nos hace pensar que semejante pitido infinito es una maldición implacable.

En mi caso, lo sobrellevo, pero, como he dicho, pienso a veces en el hecho interminable y un enjambre de pensamientos de esos pesimistas intenta invadirme.  Pero, acto seguido, me bloqueo.

No es la idea la lamentación porque da más fuerza de existencia al ente.  No es la idea, siquiera, hablar del asunto, por la misma razón. Eso intento hacer.

Sabido es que se recomienda hablar de los problemas para concienciarlos y liquidarlos en soluciones; pero el acúfeno…

Me dice mi doctora, cuando le cuento que interactúo con amigos en la INTERNET sobre mi afección, que ella no lo haría, porque no la ayudaría a olvidalo.  Ella se espanta de la tranquilidad con que yo llevo mi par de grillos cantores en los oídos.  No obstante, me dice los matará pronto con su tratamiento.

Yo le creo o le quiero creer.  No es reprensible mi esperanza, para otros ingenuidad.  De sobra se sabe que el acúfeno parece no curarlo nadie y que es harto complejo.  Pero hay algo importante:  yo quiero creer y, hasta hoy, he dado el primer paso de tolerancia al fenómeno, mientras llega la cura, misma que puede ser repentina, lenta, etc.

Mientras tanto, me doy el lujo olímpico de pararle gran cosa al hijo de puta ruido en mi cabeza.  ¡Que mi soberbia o altanería no laboren luego contra mí!  ¿Por qué habría de ser pecaminoso tener fuerza, buena confianza y autoestima en el cuerpo para afrontar un problema? Amén.

Contratiempos con un mareo

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Ayer eché una siesta de diez minutos y me fui a las honduras del sueño.  Mientras no cambié de posición, no sentí nada irregular; pero al moverme, al caminar, por ejemplo, descubrí que tenía los efectos de un mareo.  Fue persistente hasta la hora de dormir, desde las 7:00 PM.

No es de exagerar, cosa de otro mundo:  un mareo.  Pero es inusual en mí.  Lo atribuyo a algún pequeño desequilibrio de la alimentación.  Durante los últimos tres meses he sido vegetariano, y ello, tanto más si se es estricto como yo en el cumplimiento de su régimen, impacta.

Además, he dejado de acompañar mi alimentación con el suplemento Ensure o Herbalife, que se me acabó hace tres semanas (no he tenido presupuesto para comprar o, mejor dicho, me complicado con la administráción).  Espero sea algo por el estilo y no una novedad relacionada con lo laberíntico del acúfeno.

Durante la noche (no obstante), intenté ver una película de Alejandro Cortes llamada Sepultado, pero no me dio tiempo.  La vi a medias y tiene trazas de prometer.  Parece un buen trabajo, tenso, artístico, siempre con la cámara también enterrada en el ataúd.  Hay que sabérselas para entretener durante una hora o más centrado en la monotonía de un mismo ambiente.  Hoy la termino.

Mi acúfeno sigue igual; yo, más fuerte contra él.

Desarrollando tolerancia contra el acúfeno

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Sigo con mi grillo en los oídos, pero tranquilo, continuando con mi vida.

Me sorprendo todos los días de la tolerancia que he desarrollado.  Ya ni me importa si estoy oyendo siempre al acúfeno, aunque siempre he dicho que tengo la esperanza de que un buen día desaparezca después de habituarme a él.

La clave con la que he dado para este alarde digámoslo así─ es la ocupación:  estar siempre activo, con la mente ocupada y el ánimo en acción, declinando la energía sólo en las noches para dormir.

La cosa es sería, si me pongo a analizar:  he depurado mi organismo, no como comida basura, he eliminado el azúcar, chocolate, café, lácteos, trigo, huevos y soya de mi vida (estos cuatros pueden resultar silenciosos alérgenos reforzantes del acúfeno), y el ogro sigue allí en los oídos, hecho que me hace comprender la dimensión poderosa y compleja de la afección.

De paso, me he vuelto casi vegetariano (con los respectivos suplementos proteínicos) buscando la buena salud, y nada.

De modo que lo que resta es esperar.

Pero mientras tanto, gracias al yoga, a la relajación, a artilugios de distracción que he incorporado a mi vida, he mandado al acúfeno a un rol secundario.  He allí en lo que ando.

Ocupado y sin tiempo para pensar en el acúfeno

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Rato sin reportes; he estado full.  Pero puedo acotar que la ocupación ha mantenido relegado a don acúfeno a un segundo plano.

No he cumplido mi horario de lecto-escritor debidamente.  Ha habido imprevistos, reuniones, diligencias, trabajo.

Por lo general, desde hace unos cuatro o cinco años, dejo de escribir y leer cosas “serias” cuando se acerca diciembre.  Pero esta vez esa costumbre se adelantó.

Ahora presido una asociación de vecinos que adelanta trámites para obtener los inmuebles.  Hay un mundo de información que aprehender y manejar.

No he ido más al cine.  Casi termina el Festival de Teatro de Caracas y no he tenido tiempo para ver una obra.

Bueno, he estado entretenido con las ocupaciones y olvidando en general mis ruidos, a ratos como si no existieran.

Hoy voy a una clase de acupuntura y anatomía humana, además de la acupuntura propiamente, la cual me aplicaré.

Como le he dicho, no estoy tomando actualmente muchos medicamentos:  apenas manganeso, Ginkgo Biloba y las flores de Bach.

Paseando con don acúfeno Pérez

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Anduve con mi amigo el abogado ayer, si es que eso es posible.  Preparo la documentación de una asociación civil que creamos en nuestro edificio, el cual parece pasará a manos de los inquilinos, de acuerdo con la nueva ley de arrendamiento.

Después de comer en el restaurant vegetariano en Sabana Grande que visito siempre, lo esperé un rato.  Se sorprendió por mi delgadez y me dijo que el ruido de mis oidos había resultado adelgazador.

Luego tomé mi carro y me puse a pasear por la ciudad mientras los pasajeros me pagaban.

Fue un buen día, a pesar de que mi amigo el abogado ─si es que eso es posible─ me estropeó bastante rato de la tarde.

Regresé a casa como  a las nueve de la noche, después de buscar a mi esposa en la casa de sus padres.

Mientras ando por la calle, siempre tengo en mente que hay muchas cosas que quisiera hacer:  escribir y escribir, tener tiempo para leer, organizar blogs, fotografías (que tanto me gusta), estudiar filosofía, etc.

Estoy más activo durante estos días.

Hoy compraré cauchos para el vehículo, iré a la acupuntura y pasearé otra vez por la ciudad.  Por supuesto, siempre acompañado por don acúfeno Pérez.

Mis amigos, mi familia: compartiendo con ellos mi conocimiento

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Sin novedad, como dice la jerga policial.  Mi esfuerzo por retomar mi vida anterior avanza.  Ya casi completamente estoy ejecutando mis viejas actividades, hasta el punto que, si no fuera por el bendito ruidito, no hablaría de diferencias.

Me he lanzado a la calle a realizar mis actividades de frente:  giro con el carro por aquí y por allá, lo reparo, compro, camino, en fin, ando más activo.

El acúfeno me acompaña como si fuera una parte más del cuerpo, un apéndice indesprendible. ¡Y eso casi lo estoy viendo normal!

La ciudad y la gente se han hecho más vivaces con la entrada de la época decembrina.  Todo es azogue y huele a movimiento, a mercado.

De la enfermedad y sus tratamientos me han quedado deudas, y me ahora me muevo para pagar.  Vendo en la Internet y los conocimientos adquiridos con flores de Bach y aromaterapia ya, también, me están dando mis “pingües” ganancias.

A propósito de ello, de los amigos a quienes he “recetado” con las flores y algunas esencias, me han referido cambios positivos en dolencias.  La mayoría de los casos presenta trastornos del sueño y casi todos, entre amigos y parientes, han resuelto su problema (a excepción de mi propio padre, que no quiere dejarse “persuadir” por las gotas).  Casi todos duermen.  Yo mismo estoy consumiendo las flores y mis aromas.  Mi punto de venta es este:  “Flores de Bach.  Cúrese en casa usted mismo”.

Ayer domingo di una vuelta por la cinemateca y vi unos animados.  Caminé un rato, mirando los anuncios del Festival de Teatro de Caracas, al cual acecho para entrar a ver una obra.

Yo sigo con lo de siempre:  mi doctora homeópata, mis colónicas, mi acupuntura, mis medicamentos…, mi ruido.  Pero estoy bien, siempre con la esperanza de vencer y descubrir un buen día que las odiosas chicharras se han ido.

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