He leído en tanto libro por allí que el café puede resultar inconveniente para quienes padecen de acúfeno porque lo pueden aumentar en virtud de su efecto estimulante.  Otro tanto se dice del chocolate, la aspirina, la harina de trigo por su efecto alérgeno, entre otros.

En mis inicios con la afección (al día de hoy no paso de seis meses), producto de las lecturas y tanta recomendación que a uno le llega, suspendí en el acto lo que la literatura observaba como estimulantes del acúfeno:  lo ya mencionado, más el azúcar, los lácteos y huevos.  Me sometí a un despistaje alimentario para determinar lo que me ocasionaba alergias silenciosas que pudieran afectar también mi acúfeno, además de incrementar el moco en mis vías respiratorias, dolores de cabezas, latidos, etc.

Neófito como era, estando muy impactado por los sendos ruidos de mis oídos, un día no quise creer en lo del café y lo tomé.  Sin saber si fue por un efecto de sugestión, la taza de café me afectó bastante esa mañana.  Yo me rehabilitaba de la parálisis que me había causado la otitis (tengo acúfeno por una otitis), y así, con los ruidos elevados por el café (¿qué más?), me fui a mis prácticas.

No obstante, al paso del tiempo, he conocido personas con acúfeno, virtuales y reales, que hacen caso omiso de esa información que yo manejaba, y se zampan su café a diario, sin concienciar daño o efectos negativos; y me ponen a pensar, además, que aquella taza que yo me tomé fue o muy prematura o yo estaba muy sugestionado.  Desde que me afecta el acúfeno, a pesar de que no tenga mucha seguridad sobre el efecto negativo del café, jamás he tomado he tomado una taza.  Como el cigarrillo y casi el alcohol (tomo unos traguillos de whisky o brandy cuando por una reunión me veo precisado), lo he borrado de mi vida.

Pero he vuelto a pensar en el asunto después de tantos meses.  Actualmente me hago una hidroterapia del colon como parte de un tratamiento purificador del organismo que comprende hígado, riñones, pulmones, vías respiratorias, etc.  Hoy, precisamente, cumplo la sesión décima y termino.  En la sesión novena me puso la doctora en mis intestinos un litro de café colado.  Le comenté lo que he dicho aquí sobre el café y el acúfeno, y me dijo que, si era así de contraindicado contra el acúfeno, sería pasajero; me alerto, por otro lado, que a lo mejor el efecto del café aun en el colon podría trastornar mi sueño por ese día.

No ocurrió tal, esto es, que trastornase mi sueño; pero sí mi acúfeno, que se me hizo más patente.  No hablo de un mundo de aumento, sino de un poco más de lo corriente.  Después de mi sesión de hidroterapia con café, mi acúfeno subió, pero ando sin las precisiones digamos científicas al respecto porque coincidencialmente ese día estuvo lloviendo largamente, hasta la noche, y sucede que cuando llueve, sin saber por qué, mi acúfeno se resiente y empieza a sonar más alto (o mi sensibilidad aumenta y lo oigo más).

Pero sí, si me preguntan, lo creo: a pesar de la lluvia entorpecedora a mis conclusiones, digo que tengo casi la certeza de que el café sube el acúfeno, del mismo modo que el alcohol, otro estimulante.  A propósito, me llegó el comentario sobre una señora que lo padece y cuenta de lo más jocosamente que cuando se emborracha los ruidos en los oídos se le disparan a millón.  No hay razón para no creerle.  Recordemos lo que dijo Simón Rodríguez, si no me equivoco:  los niños, los locos y los borrachos dicen verdades.