Un sábado de estrés

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Ayer sábado me levanté tarde.  La casa amanece en un revoltijo por causa del técnico que llega a reparar la señal de cable de TV.  Otros vecinos rondan el área, buscando arreglar sus intereses.  Un estrés.  No desayuno.  Reviso los correos en la computadora a vuelo de pájaro.  Logro escribir mi reporte.  Subo a la azotea a darle indicaciones al técnico sobre la señal.  Llamo a la caótica empresa que nos suministra el servicio (Directv).

Aparece el dueño del edificio, con quien tengo unos reclamos pendientes respecto al funcionamiento del mismo.  Le reclamo el ascensor, el mantenimiento, la conserje, las escaleras, etc.  Se me hace tarde para la cita sabatina con el odontólogo, aunque luego me entero de que el doctor no fue a su trabajo.  Salgo a las tres a darle una vuelta al vehículo y lo trabajo un rato.

En general, me desajusto en la hora de las comidas, y no me alimento como quisiera.  No consumo una fruta en todo el día, mucho menos una ensalada.

En la noche llego y me pongo a jugar un rato en la computadora, pendiente de sentir el impacto del día sobre mi acúfeno.  Noto que no es significativo y me echo dormir, cansado y con cierta satisfacción de no sentir alterado mi concierto en sol mayor de grillos en el oído.  Tengo días obviando a mi amada plaza O’Leary de las lecturas.

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Los órganos elimanadores del cuerpo y la ototoxicidad

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Ayer visité la homeópata.  Me mando un régimen vegetariano y una limpieza de colon.  Saludables cosas estas, por unos tres meses.  Así que me apresto a continuar depurando mi organismo.

En esta misma onda holística, de la interrelación del todo con las partes y de sanación de las partes atendiendo el todo, leí por ahí una interesante información en relación a los órganos eliminadores del cuerpo, a saber, riñones, hígado, colon.  Naturalmente, limpiándolos y poniéndolos a trabajar 100% en sus funciones, cualquier organismo mejora y disfruta de mayor salud; pero la nota interesante fue la que leí en relación a que son depositarios (cuando no están 100% aptos o limpios) de desechos tóxicos en algunos órganos del cuerpo, justamente como los oídos.  Presuntamente, el hígado puede realizar depósitos ototóxicos y contribuir al aumento o nacimiento de un acúfeno.  Parecida aseveración podría hacerse respecto de los demás.

De forma que me alegro con las disposiciones de la doctora y me dispongo, en el plazo de una semana o dos, cumplir sus indicaciones.  Limpiaré mi colón, el resto de mis órganos.  Ya hace poco salí de la dieta de los zumos, adelantando y limpiando en algo tanto el colon como los riñones, los pulmones y el hígado.  Por lo demás, no me aterra ningún régimen alimentario.  He aprendido:  si es para salud, bienvenido.  ¿No ando en eso, pues?

Seré, en fin, vegetariano en breve, y pasaré una semana ejecutando una serie de cuidados para limpiar el colon, como aplicación de enemas y realizando algunos ejercicios depuradores.

En lo que se refiera a mi rutina, fue tan sólo eso:  rutina.  Ayer me levanté un poco más temprano (7:30), y el yoga, con instructor suplente, me resultó poderoso, agotador.  Me acosté a las 2:00 PM, y reconozco que me he descuidado en este hábito.  Aunque me acosté tarde, dormí satisfactoriamente, después de luchar un rato con los chillidos en los oídos para que me dejaran conciliar con el dios Morfeo.

Ayer reflexioné que, después de la dieta de los zumos, cuando consumí muchas verduras y frutas, he descuidado este aspecto, no ingiriendo las frutas y las ensaladas verdes que debiera.  Trataré de reparar.

Dia aliviado: lo único diferente fueron unas inhalaciones de eucalipto

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¿De qué depende?  No lo sé.  No lo podría decir con propiedad.  Ayer, producto de una noche de un no muy exitoso sueño, amanecí con los párpados prensados, algo con sueño, por consiguiente no muy equilibrado, digamos, irritable uno, como se pone la gente cuando no duerme bien.  La diferencia es que estoy conciente de ello y me controlo.

El caso fue que el señor acúfeno amaneció tímido, digamos casi erradicado para todo el día.  Estuvo estupendo.  Pero cuando digo erradicado no me refiero a su abolición como sonido perpetuo, sino a mi contextura psíquica para minimizarlo, para no darle importancia, para sonreír no oyendo u obviando algo que sé que sueno empecinadamente dentro de mi ducto auditivo.

Por eso digo que no comprendo, ni sé de qué depende.  Los días de malogrado sueño uno se estresa con más facilidad, y al estresarse, por consiguiente, está más alerta, lo que se traduce en oír más el ruido en una persona con acúfeno.  Pero no fue mi caso.  La buena noticia de la debilidad de mi acúfeno o fortaleza de mi cuerpo para resistirlo ayer borró de mi cuerpo cualquier molestia que pudiera tener la por falta de sueño.

Debo analizar el hecho, dado que de analizar un comportamiento o efecto se trata en este blog.  Anteayer, el día previo a mi día con mal sueño, sólo hice una diferencia: inhalaciones de eucalipto con árbol del té.  No digo que tenga que ver en la mejora de mi condición acúfena, pero fue lo único diferente que hice en día de vida tan calculadamente rutinario como que la que me preocupo por vivir.  Inhalé los vapores de la combinación dicha porque me preocupo por sanear el sistema respiratorio y sus vías, desinfectar, prevenir cualquier sinusitis, por ejemplo, atendiendo al hecho de que soy una persona con tabique desviado y presento ciertas condiciones anómalas para una respiración suelta o para alojar bacterias.

Mientras inhalaba, aprovechaba también para calentar un poco mis oídos con el vapor.  Y lo hice de tal modo porque presumo (sin ningún basamento científico, es claro) que puede resultar útil, especulativo o experimental.  He leído que los aborígenes norteamericanos se aplicaban calor en el oído para combatir el tinnitus; y en el yoga me aplican calor en los oídos mediante un procedimiento que denominan Artemisa.

Por eso, ni corto ni perezoso me aplico, también, calor, aprovechando el vapor del eucalipto.  Tal fue lo único distinto y que menciono en medio de esta incertidumbre tentativa de buscar alivios para el acúfeno.  Debe recordarse también que me aplico arcilla, como he dicho, a diario, ya durante dos semanas, y que yo reporto mejoría o buen efecto con ella.

Por lo demás, el día fue corriente, una vez más.  Sin novedades, fuera de conciliar el sueño y dormir satisfactoriamente.   Par de huevos en el desayuno, shawarma en el almuerzo, pollo en la cena.  Acoto que tengo días que no como frutas, ni ensaladas, cosa que sé no es lo más saludable.

Reitero mi comentario:  hay días en que mi acúfeno, sin bajar su volumen o frecuencia, es más tolerable para mí, y de ello deduzco que en mucho la clave radica en la psique de la persona, en la contextura anímica, si es que por un momento habremos de imaginar que el bendito jamás se irá de nuestras vidas.  Que el acúfeno no moleste un día y otro sí, aun manteniéndose en sus niveles de siempre, es cosa que habrá de determinarse desde el ángulo emocional y psicológico, por supuesto, dejando por sentado que uno, el aquejado, aparta de su dieta y estilo de vida los químicos o factores que presuntamente aumentan los ruidos.

Rompiendo la rutina y perdiendo algo el sueño

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Días más de la rutina, ya conocida.  Levantándome a las 8:00 AM, ejercitándome levemente, medicándome, colocándome la arcilla y, como fue miércoles el día, realizando yoga.

A la hora de dormir, no me fue como habría deseado, esto es, no me dormí en el acto, aunque logré conciliar mi sueño.  Y yo, como detective, investigo, aunque pienso que tampoco es saludable andar preocupándose por cada milímetro de nuestro comportamiento.  Si yo me hago una “mente” sobre la hora de dormir, es muy probable que a la hora de hacerlo piense mucho en el acto, pierda la naturalidad y no me duerma.

Sería ideal dormir como lo hacen los niños o los animales: espontáneamente.  Pero no, somos adultos y cada detalle es una matemática, sumando al cálculo que soy un afectado de acúfeno.  Ayer, por cierto poco antes de dormir, hablé con mi esposa, y celebré que llevara dos días conciliando el sueño de maravilla.  Y ello como que fue suficiente para romper la cadena.

Pienso, además, que no debería haber tanta fragilidad en el propósito de un acto que lo dispara la misma necesidad.  Dormir y se acabó.  Pero ya sabemos que la realidad es otra.  Millones de personas no pueden dormir, padecen de insomnio, en sus dos formas, el insomnio que dificulta que concilies el sueño y el insomnio que te despierta después de conciliarlo.  En mi caso, persona con tinnitus y con 44 años de edad, se comprenderá que me preocupe.  Es mi deseo no engancharme en esa cadena del círculo vicioso de los problemas para dormir.

Nunca en mi caso había concienciado que pudiera resultarme problemático. Y lo hago ahora, supongo que por el acúfeno.  El caso es que para el día de ayer lo único que hice diferente previo a la hora de dormir fue inhalar unas evaporaciones de eucalipto y árbol del té, mezcla que se toma para despejar y aplicar antisépticos a las vías respiratorias, especialmente hacia los senos paranasales para combatir la sinusitis propiamente o su probabilidad.

El eucalipto, emocionalmente hablando, equilibra la energía emotiva, pero, desde que se usa para vencer la indolencia y la pereza, puede resultar muy estimulante poco antes de dormir.  No me percaté de ello y me lo aplique, y pagué las consecuencias, por lo visto.  Un tanto igual hay que decir del árbol del té, más allá de ser uno de los mejores antibióticos naturales:  restaura energías, energiza.

Uno se deja llevar por el día, por la rutina, por el hecho de hacer por hacer las cosas, y no se para uno un momento a reflexionar.  Y he aquí mis resultados respecto del sueño.  Tendré más cuidado.  Por lo pronto, me hice mi anunció y lo coloqué cerca de la computadora:  10:00 PM – Inhalaciones; 11:00 PM – Aromaterapia; 12:00 PM – Dulces sueños.

Fuerza emocional contra el acúfeno

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Otra vuelta más del globo planetario.  Sigo, sempiternamente, con el acúfeno, aunque, como he dicho ya, con más fuelle personal para enfrentarlo. 

El suena allí adentro interminablemente, sin piedad, invitándome a que lo oiga en toda su maravillosa fenomenología ─se dirá─.  Yo, por mi parte, debo continuar una vida sin oírlo, haciendo mil una tretas para olvidarlo progresivamente, aunque él, cuando no me estoy dando cuenta de su existencia, me jala de la camisa y me dice “¡Epa, estoy aquí!”.

Le digo que no lo requiero para vivir feliz, que se vaya.  Me responde que nada puede hacer, que es como parte del cuerpo, que está allí, que me pertenece.

En fin, me las he arreglado para diseñar un modelo de vida, tan simple como ocupado, para no tener tiempo de pensar en él.  Aunque haya momentos en que me invada el desaliento.

¿Cómo ocurre esto?  Basta con imaginar que durante toda la vida tendré ese concierto de chicharras en mi oído, que no podré oír nunca más el silencio, para que mi cuerpo empiece a drenar los químicos de un malestar o sensación pésima.  De inmediato me detengo, intento cerrar los conductos secretores, impido la formación de la emoción, distraigo los pensamientos, y el sombrío fantasma emocional huye hacia otro lado.

Al menos puedo hacer eso frente a la muralla del ruido.  Controlar mis emociones, los pensamientos, lo que llaman el sistema límbico, para que no ponga en fuga al otro, al sistema nervioso central.  Este es terrible, te prepara para el combate (el ataque o la fuga) con su estrés, con sus estados de alerta, empeorando las cosas, dado que tú realmente no te encuentras en semejante situación alterada.  Oyes el ruido y ya, con todo lo que ello pueda sonar como sinónimo de alteración.

He aprendido a respirar mejor, con profundidad; el yoga me ha ayudado.  He limpiado mi dieta y régimen de vida de ingredientes disparadores del acúfeno.  He acudido paralelamente a la medicina holística y convencional.  He limpiado mi cuerpo.  Consumo la esencia de flores de Bach antiestrés, que me ha ayudando un mundo.  Y, por mi cuenta, me he inventado la fantasía de la arcilla, de la mascarilla de arcilla, que, hasta donde he sentido, me ha aliviado.  Me aplico acupuntura.  Me trato con esencias aromáticas de plantas, al menos para dormir y relajarme (no he oído de ninguna que erradique o mitigue el acúfeno.

Como se ve, hasta donde he llegado, mis soluciones consisten en fortalecerme emocionalmente para enfrentar; porque el acúfeno sigue allí, en sí mismo esplendente, sin haber topado yo con algún medicamento que lo baje significativamente.  La arcilla me lo silencia un poco, pero una gradación pequeña, aunque yo agradezco desmesuradamente.

Ayer cuando fui a la sesión de acupuntura, mientras esperaba acostado boca arriba que me atendiesen, me adormilé, sentí como mi acúfeno se domesticó aunque sea por un rato, en medio de la sala silenciosa donde me atienden.  Luego me dormí, creo que hasta roncando debido a posición tan derecha como una tabla como la que tenía.  Al despertar, por momentos sentí el redoble de las campanas acúfenas y hubo un ataque de los pensamientos pesimistas.  Algo desde dentro de mí quería invitarme a pensar ansiedades.  Pero me impuse y hubo control.  Al final, me aplicaron nueve agujas en mi cuerpo y me repuse.

Luego salí a la calle a realizar unas compras, unas esencias para mis indagaciones aromaterapéuticas, una lámpara difusora de esencias, una inscripción en la Botica Pangea para estudiar las flores de Bach.  En la tienda conocí a la profesora que me dará la inducción; conversé con ella, con mucha satisfacción, en medio de una charla bastante diversa.

No fui de regreso a la plaza O’Leary, como siempre hago antes de ir a la habitación.  Fui directo a casa, a alimentar una base de datos sobre plantas, a leer un poco más sobre esencias y sus aplicaciones.  Coloqué mis fragancias aromáticas inductoras de la serenidad y el sueño, y dormí, como una roca, desde las 12:30 AM.

Volvió el sueño y la fuerza para afrontar

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Como lo sospeché, ayer dormí de maravilla.  Me acosté, cerré los ojos y caí cual roca al vacío.  Como lunes que fue, no hubo actividades extraordinarias y todo se redujo a escribir en la mañana, ponerme la mascarilla de arcilla al mediodía, hacer yoga en la noche, leer un rato en la plaza y preparar (más temprano) alguna esencia aromática y, finalmente, ir a la cama, con un cansancio proporcional a un día sosegado.

Mi presunción de que dormiría satisfactoriamente estribó en que ayer lunes no hice nada de aquello que me sobreestimula o excita, como conducir bajo el inclemente sol y la loca ciudad, caminar por los hormigueantes centros comerciales, cosa que sí hice el sábado y el domingo, días de insomnio. Lo de los olores y esencias durante la preparación de algún compuesto, lo hice más temprano.

Ayer desayuné arepa y requesón, almorcé arroz, pollo y plátano, y cené un shawarma bien entrada la noche (12:00 AM).  La familia salió de lunes cinéfilo, a aprovechar la rebaja de precios en las entradas; de ahí que yo cenare tarde.

Continúo con la aromaterapia, y debo decir al respecto que la esencia que utilizo para dormir realmente adormece, realmente prepara el ambiento para tirarse a la cama. Ayer, antes de dormir, con sueño, temía no pudiese dormir, repitiendo la historia del sábado y el domingo, cuando el concierto para acúfenos en sol mayor no me dejó conciliar con la luna.  Esta visto que para dormir no basta con tener sueño.  Es posible acostarse con sueño, pero de ahí a abandonar la vigilia y caer entre la bruma de la inconsciencia, es un paso que se le complica a muchos.  Afortunadamente mi problema remitió y ahora me encuentro saludable dando fe de mi sonora historia.

En la tarde me matriculé para unos estudios de masajes energéticos en la escuela de acupuntura Nei-Jing, en San Pedro.  Es un curso que tiene en común con los estudios de acupuntura la lectura de un libro de amplio grosor llamado Tratado de sanación en el arte del soplo (José Luis Padilla), que próximamente estaré leyendo.  En esencia, el curso de masaje se basa en el conocimiento y tradición milenarios chinos, fundamento de las técnicas de la conocida acupuntura.  La técnica de masaje a aprender aprovecha el mismo caudal de conocimiento de la acupuntura, aplicándose sobre los mismos puntos, siendo la diferencia que en la acupuntura se utilizan agujas y presión en los masajes.

Tiene una duración de un año, y allí estaré siendo paciente de la acupuntura, por un lado, y estudiante, por el otro.  Mi objetivo es la salud, aprender e investigar, en medio de esta nueva onda que me dicta el timón del acúfeno que afecta.

Domingo sin buen sueño

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Ayer fue el domingo, domingo de descanso o paseos en las familias corrientes.  Lo digo y pienso en mis domingos.  Debo adecuarme a la nueva visión que me debo imponer como persona con acúfeno, aunque, como dice la lógica y la cura, debería luchar contra tal punto de vista.  Uno el enfermo de acúfeno pareciera andar al acecho siempre de su lesión, de su mejora, de los hábitos que como aquejados tenemos a efectos de dar con una señal que nos conduzca al bienestar, o el desmejoramiento.  Pienso en los domingos y los miro como un día más de la semana que debo sortear para que llegue su noche y me permite dormir, para así descansar de la tiranía sonoro-auditiva.

Tales me ideas, tal vez pesimistas, me vienen seguramente porque ayer (domingo) mi día fue irritado, con falta de sueño, muy sensible yo al acúfeno, por consiguiente.  Ocurre así:  si tienes acúfeno y no duermes satisfactoriamente, te irritas, sientes el malestar de no haber dormido completo y, para completar, oyes con más fuerza al señor acúfeno, llenándote de ira e impaciencia.  Lo culpas de todo y, si te desbordas, te lamentas de tu suerte.

Lo digo porque el sábado en la noche presente problemas para dormir.  No pude a pesar de que estaba tranquilo y el acúfeno no me sitiaba gran cosa, concilié tarde el sueño (1:30 AM).  El resultado fue el día de ayer y estas reflexiones de hoy.  Pero el cuento no quedó allí, como se ve.  Anoche (domingo por la noche) me costó más dormir, y lo hice por ahí como a las 2:30.  Estaba tranquilo, pero oía el acúfeno muy claro.  Puse el radio y su ruido “blanco”; tomé una infusión de tilo; coloqué fragancias aromaterapeúticas en la habitación y nada, a pesar de que estas esencias me emborrachan de sueño.  Finalmente, me vi obligado a tomar un Lexotanil, medicamentos a los que les huyo por no hacer dependiente mi sueño de químicos.  Y lo hice por lo tarde de la hora, porque si no lo hacía el día de hoy sería una réplica del de ayer.  Hoy me levanté a las 9:30, recuperado, con buena disposición para enfrentar a mi dictador.

Aún pienso en lo que causa problemas en los últimos dos días para dormir.  No conduje ayer, actividad que me agota bastante; lo que hice fue caminar y asistir a una charla sobre acupuntura y masajes.  Debo suponer que fue el alto ajetreo entre la gente del centro comercial Sambil lo que me agotaría en extremo para perturbarme el sueño:  saqué unas fotos, busqué lugares de aromaterapia, tiendas naturistas, de Feng Shui, en todas cazando esencias y aparatos para mis estudios aromaterapéuticos.

Sin haber conducido el carro entre la ciudad, igual me ajetree entre ella.  Supongo que allí está la explicación.  Supongo que ahora, en mi nueva condición de aquejado por el acúfenos, debo mantener la serenidad, no exponerme a la sobreestimulación y llevar una vida calculada en mis hábitos, en general mesurada.  Veremos la historia nocturna de hoy lunes.  Hasta donde supongo, la calle no me resulta nada positiva (contaminación, ruido, ajetreo, tensión) a efectos de irme a la cama y dormir con facilidad; al parecer debo andar comedido siempre, sin alborotos o tensiones extremas.  En la calle, sí, como lo he hecho, pero controlado bajo mi calma.

Fui a la escuela de acupuntura Nei-Jing.  Me matricularé allí, junto a mi esposa, en unos estudios sobre masaje energético y acupuntura, respectivamente.  El primero tiene una duración de un año y se estructura en varios niveles; el segundo, dura tres.  Como se ve, el acúfeno volcó mi vida hacia preocupaciones de salud.  Muchos que conocen mi dolencia, me recitan el refrán “No hay mal que por bien no venga”, refiriéndose a los efectos positivos que la enfermedad (mi parálisis ya superada, mi otitis y ahora acúfeno) ha traído a mi vida.

Estos efectos, como sabemos, son el cuido de mi salud, dieta, rebajamiento de peso, erradicación de bebidas alcohólicas y cigarrillo, aprendizaje sobre temas de salud (homeopatía, aromaterapia, acupuntura, medicina en general, masaje, buena alimentación, etc.) y hasta cambio de personalidad en cuanto a apreciar más la vida, la familia y la salud se refiere.  Mi persona se ha hecho más comprensiva, más serena y tolerante, más concentrada en pensar en un futuro de mayor calidad de vida.  Hasta donde voy, tengo la determinación de aprender lo que pueda y ponerlo al servicio de mis familiares y prójimo en general, algo bastante bíblico, piadoso o religioso, según se vea.

El día de ayer tuvo su obsequio, por lo menos.  Después de las diligencias, mi esposa y yo, cuales muchachos traviesos de la calle, nos compensamos con un pollo a la brasa y unas bebidas, comidos como a hurtadillas en una plaza.

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