Mi día miércoles transcurrió suave, digamos casi curado del acúfeno, por ser lo más optimista.  Sabemos la verdad:  el acúfeno está allí, sonoro con la misma fuerza, y es nuestra sensibilidad la que determinada que lo oigamos con mayor o menor fuerza.  Al menos en mi caso.

La acupuntura de anteayer hizo su contribución, beneficiosa.  Y también la distracción a que someto mi vida en las tardes, paseando la ciudad, paseándome, paseando el acúfeno.

Ayer no me aplique arcilla; se me olvidó.  Lo atribuyo al hecho alegre del optimismo, de no sentir tanto el protagonismo del ruido.  Es así:  apenas uno experimenta algo de mejoría, afloja los controles y medidas.

Después de mi vuelta a pie por la ciudad, me estuve un rato en la plaza O’Leary, leyendo algo sobre medicina tradicional china, la misma que promulga que te enfermas porque rompes tu armonía con la vida y contigo mismo, grosso modo, con el universo.  “Según esta concepción, el hombre enferma o es propenso a enfermar porque no sabe vivir la vida y disfrutarla, porque ha perdido esa conexión, ese intercambio con su Universo.” (J.L. Padilla Corral:  Tratado de sanación en el arte del soplo).

En mi caso, no niego que posiblemente haya estado subsumido en el silencio, en tareas muy personales, si se quiere egoístas.  Yo y mis cosas, yo y mis lecturas, yo y mis cuentos, yo y mis escritos.  Dedico una buena parte de mi vida a estar a solas, a leer, a escribir, y tal vez no haya sido saludable.  Tal vez haya venido la vida a equilibrarme y a ponerme un “sonido” en mi silenciosa vida para vivificarme, estremecerme, hacer ver lo invisible, recapacitar, retomar…  Tal vez…

Pero ocurre que tengo el acúfeno y mi mayor preocupación es recuperar el silencio y la tranquilidad para dedicarme con más fuerza a mi “egoísmo”.  ¡Vaina, así lo siento!  Mido aquí y allá para que así sea.  Me tomo los medicamentos mientras escribo, mientras leo.  En mi mente está la imagen de mis años futuros ejerciendo mi soledad, mi distracción, lo que yo considero me calma el alma de verdad.  De modo que me parece fuera de lugar lo que algunos atribuyen al acúfeno en cuanto a que es una sintomatología de una exigencia de cambio vital, de estilo de vida, de reflexión.

He debido de romper mi conexión con el universo por otra vía, siguiendo con el postulado médico del libro.  Y ello, por supuesto, está en la mira de mi indagación.  No pretenderá el acúfeno, digámoslo así, ofrecerme cura a cambio de que yo abandone un estilo de vida que me hace precisamente sentir vivo.  De forma que estoy pendiente de ese algo más que tiene en defecto mi vida.

El encanto del día se rompió en la noche.  Después de mis pediluvios e infusiones, y de usar el computador, no me fui lo mejor “armonizado” a dormir.  Debí atender unos asuntos de la familia.  No dormí en el momento y concilié el sueño como a las 2:30 AM.  Inclusive, me tuve que levantar a tomarme un té de tilo para inducirme.  Perdí algo el control y la relajación, y mi acúfeno, que había estado apagado, poco a poco se fue encendiendo hasta que lo noté significativamente.  Prendí el radio y puse mi ruido “blanco”, artificio que prácticamente había desechado.

Ocurrió que estaba pendiente de mi nariz, de que no se tapase y me puse a pensar en el futuro, en las cirugías, en mi tabique, en ansiedades respiratorias, en terribles anosmias, y así, yo mismo por mi mismo, no me pude procurar el sueño con rapidez.  Se dirá que hace falta el yoga (de vacaciones actualmente), la práctica de la relajación y el deseable cansancio muscular que proporciona.