Acúfeno navideño

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Rato sin escribir.  Ando en los días navideños bastante informal, digamos, lo cual nos faculta para ser algo más inconstante de lo corriente.

Me la he pasado en la calle como el mirón de los mirones.  Viendo, pues, la ciudad, el hormigueo de la gente loca que no encuentra a quien gastarle su dinero.  Ruedan pinos a granel en la ciudad, ropas, zapatos y cualquier palito o pitido que suene a diciembre.

Los vehículos se la pasan abarrotados.  Los delincuentes son ya pintorescos en la avenida Baralt con su estampida después de arrebatar un botín a un menso desprevenido.  Y en las noches, los borrachitos terminan de colorear la orgía.

La ciudad, en fin, es un festín de gastos, y en algunos tramos una suerte de burdel con las puertas y ventanas abiertas.  Caracas es una fiesta, remedando al Paris es una fiesta, de Hemingway. 

En ese contexto, he salido a traer y llevar prójimos en mi vehículo, aprovechándome también de una tajada de la torta loca de la ciudad.

Me he ido para arriba y para abajo, por supuesto, con mi acúfeno, pero casi sin sentirlo.  El estar ocupado, en las mañanas leyendo y escribiendo algo en estos días, y en las tardes y noches manejando o caminando por las calles de la ciudad, no me ha dado chance de revestirlo de la importancia siniestra que de suyo le damos los afectados por semejante maldición sonora.

Últimamente he estado mejor que muchos otros momentos y no sabría decir si por unos baños de agua caliente con aceites esenciales (árbol del té, romero, limón y jengibre) que he tomado para fortalecer mi sistema inmunológico o por el calor solamente del baño del baño en sí, hecho a diario.

Terminé recientemente mi dieta vegetariana y ya puedo variar mi alimentación, pero digo que me cuesta:  me quedé anclado comiendo mayoritariamente vegetariano, aunque ya he disfrutado de algunos pescados.  Tengo “permiso” de mi homeópata para comer pollo semanalmente y carne una vez al mes, y pescado el que quiera.

Este caso de acúfeno seguirá informando.

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Alimentación: soya y diabetes

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¡Hola, llegó el mes final de año y nosotros con nuestro acúfeno!  ¡Qué remedio!  Sólo esperemos que se mantenga en niveles tolerables o bien desaparezca como regalo del muriente ciclo solar de la tierra.

Terminé mi tratamiento con la homeópata y tengo ahora la libertad de no ser estrictamente vegetariano, como fue el régimen alimenticio que recién cumplí.  Podré comer carnes, dosificadas en el tiempo, porque, al decir de la homeópata, por mi tipo de sangre soy persona que debo alimentarme vegetarianamente.

Pero, como les dije una ocasión anterior, yo le platiqué que no estaba dispuesto a ser vegetariano en puro dado que no estaba de acuerdo en la vida con ningún tipo de situaciones extremas.  Le dije que reconocía las virtudes del comer vegetariano, pero le resalté sus carencias y le propuse un comer más integral.  Si fuese una dieta perfecta, o lo más cercano a la perfección, no se tendría la necesidad de estar tomando suplementos vitamínicos o proteicos.

Le conté el caso de un amigo que murió de diabetes rondando apenas los cuarenta, hombre vegetariano desde siempre que lo conozco, unos veinte años por ahí.  Le pedí su opinión al respecto, que me aclarara cómo era posible que un hombre que se cuidaba tanto en su alimentación muriera de manera tan acelerada.  Se hacía diálisis dos veces a la semana en el final de sus días.

Le comenté que comía, principalmente, soya, y que este alimento era un potente inhibidor de la tripsina (una enzima que genera el páncreas), hecho que, según una literatura de alerta que circula en el ambiente de los informados, puede repercutir positivamente en la aparición de la diabetes.

La doctora me dijo que muy probablemente el señor amigo mío tuviera un historial familiar de predisposición, reconociendo lo de la diabetes y la soya con mucha probabilidad; y terminó recomendando la soya pero no de modo natural, sino pasteurizada.  A la final accedió a darme un régimen de alimentación lo más combinado posible entre una actitud vegetariana y una disposición a comer carnes rojas controladamente.

En general he estado bien.  El acúfeno suena, pero no me importa mucho en tanto no lo concienzo como un obstáculo para escribir y leer, que es lo me importa.  He pasado mis días últimos leyendo, escribiendo en el computador, mirando películas y saliendo a dar una vuelta por la ciudad en el carro.  He visto unas muy buenas películas de Liam Neeson, que luego les comento.

Café y acúfeno

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He leído en tanto libro por allí que el café puede resultar inconveniente para quienes padecen de acúfeno porque lo pueden aumentar en virtud de su efecto estimulante.  Otro tanto se dice del chocolate, la aspirina, la harina de trigo por su efecto alérgeno, entre otros.

En mis inicios con la afección (al día de hoy no paso de seis meses), producto de las lecturas y tanta recomendación que a uno le llega, suspendí en el acto lo que la literatura observaba como estimulantes del acúfeno:  lo ya mencionado, más el azúcar, los lácteos y huevos.  Me sometí a un despistaje alimentario para determinar lo que me ocasionaba alergias silenciosas que pudieran afectar también mi acúfeno, además de incrementar el moco en mis vías respiratorias, dolores de cabezas, latidos, etc.

Neófito como era, estando muy impactado por los sendos ruidos de mis oídos, un día no quise creer en lo del café y lo tomé.  Sin saber si fue por un efecto de sugestión, la taza de café me afectó bastante esa mañana.  Yo me rehabilitaba de la parálisis que me había causado la otitis (tengo acúfeno por una otitis), y así, con los ruidos elevados por el café (¿qué más?), me fui a mis prácticas.

No obstante, al paso del tiempo, he conocido personas con acúfeno, virtuales y reales, que hacen caso omiso de esa información que yo manejaba, y se zampan su café a diario, sin concienciar daño o efectos negativos; y me ponen a pensar, además, que aquella taza que yo me tomé fue o muy prematura o yo estaba muy sugestionado.  Desde que me afecta el acúfeno, a pesar de que no tenga mucha seguridad sobre el efecto negativo del café, jamás he tomado he tomado una taza.  Como el cigarrillo y casi el alcohol (tomo unos traguillos de whisky o brandy cuando por una reunión me veo precisado), lo he borrado de mi vida.

Pero he vuelto a pensar en el asunto después de tantos meses.  Actualmente me hago una hidroterapia del colon como parte de un tratamiento purificador del organismo que comprende hígado, riñones, pulmones, vías respiratorias, etc.  Hoy, precisamente, cumplo la sesión décima y termino.  En la sesión novena me puso la doctora en mis intestinos un litro de café colado.  Le comenté lo que he dicho aquí sobre el café y el acúfeno, y me dijo que, si era así de contraindicado contra el acúfeno, sería pasajero; me alerto, por otro lado, que a lo mejor el efecto del café aun en el colon podría trastornar mi sueño por ese día.

No ocurrió tal, esto es, que trastornase mi sueño; pero sí mi acúfeno, que se me hizo más patente.  No hablo de un mundo de aumento, sino de un poco más de lo corriente.  Después de mi sesión de hidroterapia con café, mi acúfeno subió, pero ando sin las precisiones digamos científicas al respecto porque coincidencialmente ese día estuvo lloviendo largamente, hasta la noche, y sucede que cuando llueve, sin saber por qué, mi acúfeno se resiente y empieza a sonar más alto (o mi sensibilidad aumenta y lo oigo más).

Pero sí, si me preguntan, lo creo: a pesar de la lluvia entorpecedora a mis conclusiones, digo que tengo casi la certeza de que el café sube el acúfeno, del mismo modo que el alcohol, otro estimulante.  A propósito, me llegó el comentario sobre una señora que lo padece y cuenta de lo más jocosamente que cuando se emborracha los ruidos en los oídos se le disparan a millón.  No hay razón para no creerle.  Recordemos lo que dijo Simón Rodríguez, si no me equivoco:  los niños, los locos y los borrachos dicen verdades.