Ayer martes me tocó ir a la acupuntura.  Suele ocurrir que mientras espero acostado en la camilla, entre tres y media y cuatro, me embarga un poderoso sueño (que me hace pensar que no duermo satisfactoriamente).  Debo luchar para no dormirme porque, si no, empezaría a resollar allí en plena sala atestada de pacientes.

Al momento me pregunto si no he dormido lo suficiente, como creo dormir durante las noches.  Yo me levanto en las mañanas saludable, descansado, después de dormir ocho horas, pero no está de más que sospeche que mi tabique nasal desviado, con su tapadera de nariz, ya me esté disminuyendo la calidad del sueño.  Durante la noche debo ladear el cuerpo, sobre un hombro y otro, a fin de destapar alternativamente las fosas nasales.

Ocurre también, como ya he referido, que durante el silencio de la espera allá en la Escuela Nei-Jing, en medio de efluvios de tabacos y aromas terapéuticos, mi acúfeno se sobresalta y me hace sentirlo mucho más.  Me digo siempre que luego bajará (dejaré de sentirlo con fuerza), como efectivamente ocurre.

Por lo demás, el día fue corriente.  Mi rutina diaria (medicamentos, mascarillas), mi sesión lecto-escritora hasta las dos, mi incursión citadina en el vehículo durante las tardes con las noches.  Mi sesión nocturna de pediluvios y aromas terapéuticos antes de dormir.

Reporto buen sueño durante todos estos días pasados.

Hoy me toca una sesión de masaje con mi otra (flamante) terapeuta.