Desenlace feliz ante ataque de hongos nigricans y albanicans en oído

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Escribo dando continuidad a la entrada “Se me empozó agua en el oído, subió el acúfeno”.

Allí les narraba que se me había empozado agua en el oído derecho, que se me había potenciado a diez el ruido y que tenía dolor y, finalmente, me aterraba quedarme así para siempre.

Debo contar el final de esa historia, afortunadamente feliz.

Fui al médico en la tarde, después de escribir ese post aterrador para mí.

Mi otorrino fue certero.  Le eché el cuento y, de inmediato, introdujo su lupa en mi oído derecho primero.

─¡Tienes dos hongos! ─exclamó como con gran satisfacción profesional─:  ¡El nigricans y el albanicans!

Embotado en mi ignorancia sobre lo que acababa de oír, yo le pregunté si era algo grave, si no impediría que bajase mi ruido, lo cual constituía mi gran pesadilla.

─¡Nada de eso, Camero! ─me alivió al tiempo que empezaba a revisarme el otro oído─ .  Ya lo trataremos.

Mi otro oído salió ileso.

Conversamos un rato.  Concluimos que la fuente de contagio fue el balneario de las aguas termales “Las Trincheras”, adonde viajo mensualmente.  Opinó que eran unas maravillas de aguas medicinales, pero hoy muy hacinadas y visitadas por gentes muy enfermas.  Me recomendó bañarme en adelante con tapones en los oídos, cosa que he seguido al pie de la letra en mis sucesivos viajes.

Me limpió mi oído chillón, bombeándole agua y algunos químicos, además de aire, y el bendito ruido bajó en el acto.  ¡De diez a uno!  Es decir, volvió a nivel manejable que tenía antes de la infección.

Salí de ese consultorio exultante.  Me dije que, de no subir más el nivel de ruido que tenía, podía así vivir toda la vida.  Había descubierto que hay cosas peores y que mi lesión de acúfeno era una payasada comparado con otras.

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Melatonina y acúfeno: nuevo suplemento dietético

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Leo “El sueño y los acúfenos mejoraron en la mayoría de pacientes con grados peores de sueño al comienzo del estudio” y “La melatonina se asocia con una disminución estadísticamente significativa en la intensidad de los acúfenos y una mejora en la calidad del sueño en pacientes tinnitus crónico”, y me animo a comprarla en forma de suplemento de la alimentación.

Como se describe en Wikipedia, parece una maravilla.  El humano disminuye en producirla a los treinta años, se genera cerebralmente (también en el hígado y otros varios órganos) en relación con la oscuridad, es una neurohormona, es inmunodepresora, antioxidante (antivejez), regulador del ciclo menstrual en la mujer, mejora el sueño, ayuda contra las cefaleas y la migrañas, su déficit va acompañado de insomnio y depresión, entre otras muchas ventajas. Mejora el sueño.

La hago parte de mis suplementos a partir de hoy.  Las razones:  supero los treinta años y soy un paciente con acúfeno que busca cura.

Se me empozó agua en un oído, subió el acúfeno

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Rato sin escribir en el diario, que a todas estas, si uno no escribe con frecuencia, deja de ser un diario.  En realidad no lo había hecho por confianza y sentimiento de mejora, como les he venido diciendo.

Me adecué al nivel de mi acúfeno, lo hice manejable y decidí que podía seguir mi vida con tal ruido.  Acupuntura, medicamentos, limpiezas orgánicas, todos fueron legados de aprendizaje de la enfermedad.

Cómo hábito me quedó el hacerme acupuntura y regularmente tomar suplementos alimenticios y vitaminas, para apoyar, si no su eliminación, la atenuación del acúfeno.

En verdad he estado bien, al grado que he empezado una rutina normal de vida, como si no tuviera acúfeno.  He vuelto a escribir y a cumplir horarios.

Pero…

He aquí el “pero”, que hace parecer que yo tome como paño de lágrimas estas escrituras en la página:  me cayó agua en el oído derecho y se me ha potenciado por diez el acúfeno que solía tener, además de dolor.  Ahora mismo casi no escucho por ese lado, y el oído suena a más no poder.  Fuerte.

Estoy pensando acudir hoy en la tarde a mi viejo y primer otorrino, el que me atendió de primero cuando enfermé de otitis.  Cosa que adelanta mis planes porque yo lo quería visitar, pero sólo con mi acúfeno corriente, el llevadero, para pedirle que me tome como un paciento con acúfeno e hiciera lo que tuviera que hacer en tales casos.  Hasta cuando lo visité, el fue mi médico para la otitis, de la que se me heredó el acúfeno el año pasado.

Ayer me balanceé un rato de cabeza y me salio agua del oído.  Hubo un alivio inmediato; bajó el ruido, me sentí mejor.  Previamente el ruido era intolerable y por momentos me invadieron los pensamientos terribles concernientes al terror de quedar así para siempre.

Hoy que amanezco mejor, a la hora de haberme levantado de la cama, volvió el ruido, y algo de dolor.  Me apliqué unas gotas de OTAN y espero efecto.  De lo contrario, acudiré en la tarde al otorrino.  Leo que esas gotitas pueden aplacar mi dolor, bajar una eventual inflamación y a ayudar a extraer cualquier suciedad.  Porque puede ocurrir que tenga, además del agua que me salió, un tapón de cerumen.  Siento una obstrucción en el oído.

Veremos.

Como se comprende, en una persona con acúfeno, una molestia como está que potencia el ruido dispara los niveles de terror, dado que uno se puede imaginar que el ruido se quedará en el nivel alcanzado sin luego bajar.  Tal es mi pesadilla, que el médico me diga:  “No comprendo, no tienes nada en el oído”.

Feliz año 2012, aunque sigan sonando las campanas

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He vuelto, después de un rato.  Feliz año 2012 para todos.

Me pasé el diciembre lo más liberal posible.  Comí, bebí, aflojé bastante los criterios del cuido médico y estético, como todo el mundo.  Humano como todo el mundo, parte de la corriente; y si el viento arrecia…, se mueve más rápido el agua.

Pero enero.  Llegamos a enero.  Y, para no variar, como casi todos mis conocidos afectados, continúo con el acúfeno.  Pero es una declaración, no un lamento.  Pura certificación.

Hice mi vida decembrina lo más feliz posible.  Viajé e hice de ermitaño, para equilibrar los extremos.

Descubrí que, fuera de los cuidos extremos que llevaba el año pasado, no necesariamente se te sube el volumen del acúfeno; quiero decir, en medio del mes de diciembre, cuando se aflojan los controles.

Hoy he vuelto a la rutina:  escribir, leer, soñar, trabajar.  He vuelto a los controles:  el régimen en general, el cuido, la dieta, la acupuntura, el ejercicio.  En la busca del silencio perdido, entre otras maravillas, porque el acúfeno continúa igual, cual eterna campana.

Café y acúfeno

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He leído en tanto libro por allí que el café puede resultar inconveniente para quienes padecen de acúfeno porque lo pueden aumentar en virtud de su efecto estimulante.  Otro tanto se dice del chocolate, la aspirina, la harina de trigo por su efecto alérgeno, entre otros.

En mis inicios con la afección (al día de hoy no paso de seis meses), producto de las lecturas y tanta recomendación que a uno le llega, suspendí en el acto lo que la literatura observaba como estimulantes del acúfeno:  lo ya mencionado, más el azúcar, los lácteos y huevos.  Me sometí a un despistaje alimentario para determinar lo que me ocasionaba alergias silenciosas que pudieran afectar también mi acúfeno, además de incrementar el moco en mis vías respiratorias, dolores de cabezas, latidos, etc.

Neófito como era, estando muy impactado por los sendos ruidos de mis oídos, un día no quise creer en lo del café y lo tomé.  Sin saber si fue por un efecto de sugestión, la taza de café me afectó bastante esa mañana.  Yo me rehabilitaba de la parálisis que me había causado la otitis (tengo acúfeno por una otitis), y así, con los ruidos elevados por el café (¿qué más?), me fui a mis prácticas.

No obstante, al paso del tiempo, he conocido personas con acúfeno, virtuales y reales, que hacen caso omiso de esa información que yo manejaba, y se zampan su café a diario, sin concienciar daño o efectos negativos; y me ponen a pensar, además, que aquella taza que yo me tomé fue o muy prematura o yo estaba muy sugestionado.  Desde que me afecta el acúfeno, a pesar de que no tenga mucha seguridad sobre el efecto negativo del café, jamás he tomado he tomado una taza.  Como el cigarrillo y casi el alcohol (tomo unos traguillos de whisky o brandy cuando por una reunión me veo precisado), lo he borrado de mi vida.

Pero he vuelto a pensar en el asunto después de tantos meses.  Actualmente me hago una hidroterapia del colon como parte de un tratamiento purificador del organismo que comprende hígado, riñones, pulmones, vías respiratorias, etc.  Hoy, precisamente, cumplo la sesión décima y termino.  En la sesión novena me puso la doctora en mis intestinos un litro de café colado.  Le comenté lo que he dicho aquí sobre el café y el acúfeno, y me dijo que, si era así de contraindicado contra el acúfeno, sería pasajero; me alerto, por otro lado, que a lo mejor el efecto del café aun en el colon podría trastornar mi sueño por ese día.

No ocurrió tal, esto es, que trastornase mi sueño; pero sí mi acúfeno, que se me hizo más patente.  No hablo de un mundo de aumento, sino de un poco más de lo corriente.  Después de mi sesión de hidroterapia con café, mi acúfeno subió, pero ando sin las precisiones digamos científicas al respecto porque coincidencialmente ese día estuvo lloviendo largamente, hasta la noche, y sucede que cuando llueve, sin saber por qué, mi acúfeno se resiente y empieza a sonar más alto (o mi sensibilidad aumenta y lo oigo más).

Pero sí, si me preguntan, lo creo: a pesar de la lluvia entorpecedora a mis conclusiones, digo que tengo casi la certeza de que el café sube el acúfeno, del mismo modo que el alcohol, otro estimulante.  A propósito, me llegó el comentario sobre una señora que lo padece y cuenta de lo más jocosamente que cuando se emborracha los ruidos en los oídos se le disparan a millón.  No hay razón para no creerle.  Recordemos lo que dijo Simón Rodríguez, si no me equivoco:  los niños, los locos y los borrachos dicen verdades.

Acúfeno y pesimismo

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A veces pienso que no dar paso a los pensamientos y emociones pesimistas hace las veces de una presión sobre una cuerda contenedora, que alguna vez puede ceder.

Me refiero al acúfeno y a las medidas de equilibrio que uno toma para no dejarse abatir.  No pensar en el ente, en el ruido, en su implacabilidad, en su infinitud, en que será así hasta el momento de nuestra muerte, peor si de vejez.

Se gana tranquilidad evitando la entrada de nociones dañinas; pero yo me digo que podría no ser muy sano.  Me parece que hay que pensar en el acúfeno y racionalmente valorarlo en su malignidad, digamos así.  Condolerse algo por padecerlo, dado que es una afección molesta, y no ir por el mundo como si nada, como si se fuera feliz con sendas cornetas en los oídos.  No ignorar la realidad del todo. No digo que la actitud de ignorancia no sea buena, pero en lo que no creo es la mentira absoluta de autoengaño “No tengo acúfeno”, “No oigo nada”, “¡Bah, es una bagatela el grillito que oigo!”.

Por ello es que estoy de acuerdo con la Terapia de Reentrenamiento Fisiológico, que recomienda la habituación sobre la base de la audiencia del acúfeno, no disfrazándolo competamente.

La cuerda contenedora no puede ser más eterna que el acúfeno mismo, y esa realidad obviada podría entrar estrepitosamente a tu alma, quebrando las vidrieras y los soportes falsos de una salud idealizada.  Hay que estar conciente.

Por supuesto, esto lo digo hasta donde el volumen de los acúfenos permita hablar con estos aires de consejos en que ando.  Porque si un acúfeno es altísimo, al grado que no te deje oír otros ruidos exteriores, lo de la “conciencia” es una paja que pronuncio.  ¿A quién que padezca así se le puede pedir que esté conciente? De hecho, está muy conciente, no puede evitar oír el bendito acúfeno.

Ayer me comuniqué con un amigo virtual que padece del mal.  Me dijo que lo tiene tan alto que no lo puede disfrazar.  Me dejó pensativo.  Me fui a la cama pensativo.  Me dije, entonces, que el mío es tolerable, sin gran volumen aunque en los dos oídos.

En fin, no sé que pensar.  Nunca me he medido el volumen de mi acúfeno y no sé si mi amigo es demasiado sensible o quisquilloso.  Pero pensé en la vida un rato, en lo eterno del ruido y ─lo confieso─ vino a mi mente la imagen de un hombre cansado lanzándose por el balcón.

Fue algo fugaz.  Se lo comenté a mi esposa y hasta ahí llegó el análisis.

Aclaro:  fue una sensación momentánea, producto de la sugestión terrible de la condición de mi amigo.  Yo tengo mi acúfeno de moderado a severo, según me lo he tasado yo mismo con base en las lecturas que he tenido, sonoro en ambos oídos, permanentemente, pero generalmente no le paro un comino y sigo con mi vida.

Lo desprecio.  Pienso que el hombre está más allá de un pequeño murmullo.  Aunque también pienso que mi valentía proviene del hecho de no tenerlo tan alto que no me permita oír el exterior.

Del acúfeno infinito sonando dentro de nuestros oídos

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Lo perpetuo del ruido en la cabeza es el problema.  La monotonía hace casi que se convierta en elemento del paisaje, digamos (aunque nunca ocurre del todo), pero los momentos de hallazgo con uno mismo, de tranquilidad y reflexión, nos hace pensar que semejante pitido infinito es una maldición implacable.

En mi caso, lo sobrellevo, pero, como he dicho, pienso a veces en el hecho interminable y un enjambre de pensamientos de esos pesimistas intenta invadirme.  Pero, acto seguido, me bloqueo.

No es la idea la lamentación porque da más fuerza de existencia al ente.  No es la idea, siquiera, hablar del asunto, por la misma razón. Eso intento hacer.

Sabido es que se recomienda hablar de los problemas para concienciarlos y liquidarlos en soluciones; pero el acúfeno…

Me dice mi doctora, cuando le cuento que interactúo con amigos en la INTERNET sobre mi afección, que ella no lo haría, porque no la ayudaría a olvidalo.  Ella se espanta de la tranquilidad con que yo llevo mi par de grillos cantores en los oídos.  No obstante, me dice los matará pronto con su tratamiento.

Yo le creo o le quiero creer.  No es reprensible mi esperanza, para otros ingenuidad.  De sobra se sabe que el acúfeno parece no curarlo nadie y que es harto complejo.  Pero hay algo importante:  yo quiero creer y, hasta hoy, he dado el primer paso de tolerancia al fenómeno, mientras llega la cura, misma que puede ser repentina, lenta, etc.

Mientras tanto, me doy el lujo olímpico de pararle gran cosa al hijo de puta ruido en mi cabeza.  ¡Que mi soberbia o altanería no laboren luego contra mí!  ¿Por qué habría de ser pecaminoso tener fuerza, buena confianza y autoestima en el cuerpo para afrontar un problema? Amén.

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