A pesar de no haber dormido “completo”, como te lo dice la sensación restauradora del cuerpo al levantarte, ayer no me faltó la vitalidad.  Mi día transcurrió satisfactoriamente para mis propósitos y lo aproveché para mis lecturas e indagaciones en la INTERNET y los libros.

Estuve sentado frente al computador hasta el mediodía pasado y luego, como a las tres, me fui a buscar el carro para dar una vuelta con mi esposa e hija, quienes se quejaron de que yo me acaparare la ciudad para mi solo.

Me distraje.  Fuimos a El Junko, un poco más allá de El Junquito, vía colonia Tovar.  Estuvimos un rato allí, como hasta las seis.  Lógicamente, me vi “obligado” a comer la carne, la grasa y la harina del sitio, es decir, el cerdo, el chorizo y los bollos de maíz.  Yo sigo corrientemente un régimen alimentario libre de grasas animales, azúcares y carbohidratos, y traté en lo posible de disfrutar la comida.  Pero, confieso, no tuve un disfrute pleno.  Mi organismo se ha limpiado a lo largo de meses ya de estar sometido a una escogida dieta, y podía sentir cómo la grasa me impactaba en el organismo.  Una suerte de rechazo de cuerpo y mente, no abierto, no confesado del todo.

La idea de ser vegetariano no camina conmigo, a pesar de que mi doctora de control opina que debería, según mi tipo de sangre, A+.  Pero mi organismo ha sentido rechazo al mirar a otros comer lo que antes era una delicia para mí:  hamburguesas, frituras, etc.  Mi respuesta a la doctora ha sido no aceptar el estilo de vida vegetariano, pero le propuse me diera alternativas, un régimen mixto de vegetales y carnes para yo adoptarlo.  Acordamos y dentro de poco, después que me aplique una terapia 100% vegetariana que me recetó durante tres meses (empiezo en septiembre), lo pondré en práctica.  En resumidas cuentas, seré vegetariano durante tres meses, como tratamiento, y luego adoptaré un estilo de vida mixto entre carnes y vegetales.

Recuerdo a una amiga de la universidad, llamada Damaris, muy delgada ella y dada a nociones de la medicina oriental, que una vez entabló una conversación conmigo respecto al vegetarianismo.  Me decía que los humanos no habían nacido para comer carnes porque, a diferencia de los depredadores carnívoros de la naturaleza, no poseía mandíbulas ni dientes desgarradores; que por naturaleza éramos vegetarianos, con dientes delicados para cortar el tallo de las flores, las hierbas, plantas y frutos en general.

Yo no condescendía con ella.  No me parecía.  El hombre es el más grave carnívoro que hay, asesino natural, con par de ojos al frente listos para el asalto.  Por desgarrar la presa a fuerza de dentelladas, no había problemas:  su inteligencia lo hacía refinado y lo llevaba a picar, desmenuzar y aliñarla a su gusto.  Le decía que el vegetarianismo era imperfecto, porque debe complementar con aditivos animales (proteínas) su dieta.  Un vegetariano en puro no sobrevive, requiere la proteína, que, si bien se encuentra en los vegetales, es poca y deficiente, en contraste con la animal, más completa y abundante.  Por lo que sé, el cuerpo humano requiere de aminoácidos esenciales para formar sus propias proteínas, y estos pueden conseguirse completos en cualquier bocado de origen animal.   El problema con los vegetales es que difícilmente concentran tales aminoácidos en un bocado y hay que tragarse un bosque entero ─ya bromeando─ para pescar tales nutrientes esenciales.

El cuerpo humano es un animal y muy adecuado a la digestión de nutrientes de origen animal.  Más aceptable es asentar que somos omnívoros, pero con tendencia muy carnal y animal, partiendo del hecho mismo, contundente, de que poseemos una estructura de carne como soporte vital.  Me puse a pelear con la amiga y le pregunté si su sueño era llegar a ser un árbol, inmóvil y enterrado hasta el fondo de la tierra.  Ella me respondió, en medio de la molestia de mi tozudez, que sí, que era preferible ser un vegetal a un animal que vive de la sangre, vampiresco, destruyéndose entre sí, como hacen los hombres en la actualidad.  Por supuesto, ya se escapaba el tema de conversación hacia unas fronteras del humanismo, no colable aquí ahora.

Mi amiga Damaris, a propósito, tenía aspecto de anoréxica, una enfermedad.  Era bella, limpia, pero si la mirabas a fondo podías adivinar su fragilidad vital.  Algo hippie, recuerdo, pacifista, amor y paz, y era como si sugiriera que somos una fenomenología mental que utilizaza el cuerpo para andar.  Se dirá, en el fondo, conociéndola, que su propuesta era que tenemos un alma que se soporta prestadamente en un cuerpo, no habiendo evolucionado el hombre hasta el grado perfecto de ser una figura espiritual y de pensamiento en puro, incorpórea.

De regreso, me fui, ¡por fin un rato bueno!, hasta la plaza O’Leary, donde estuve leyendo sobre la cultura egipcia hasta las nueve, momento en que tengo que partir para continuar con mi rutina médico-casera.  Antes de las diez, debía preparar el agua para mis pediluvios e infusiones.  De todos modos, hay que retirarse a esa hora.  Me lo recomendó la misma vigilancia de la plaza, por lo peligroso de los asaltos.

Y es cosa cierta.  Ya a esa hora hay que partir, porque empiezan a llegar los vagabundos a pedir y examinarte, quizás para encontrar algo que arrebatarte.  Ayer nomás dos se me acercaron e insistieron frente a mí, frente a una estatua que no quitó los ojos del libro ni les respondió.

Finalmente, y ansiadamente, dormí algo más temprano y tuve un sueño reparador. Esto me preocupaba, porque mi refugio real en estos momentos de la vida es el sueño y si no lo puedo conciliar…