Lo perpetuo del ruido en la cabeza es el problema.  La monotonía hace casi que se convierta en elemento del paisaje, digamos (aunque nunca ocurre del todo), pero los momentos de hallazgo con uno mismo, de tranquilidad y reflexión, nos hace pensar que semejante pitido infinito es una maldición implacable.

En mi caso, lo sobrellevo, pero, como he dicho, pienso a veces en el hecho interminable y un enjambre de pensamientos de esos pesimistas intenta invadirme.  Pero, acto seguido, me bloqueo.

No es la idea la lamentación porque da más fuerza de existencia al ente.  No es la idea, siquiera, hablar del asunto, por la misma razón. Eso intento hacer.

Sabido es que se recomienda hablar de los problemas para concienciarlos y liquidarlos en soluciones; pero el acúfeno…

Me dice mi doctora, cuando le cuento que interactúo con amigos en la INTERNET sobre mi afección, que ella no lo haría, porque no la ayudaría a olvidalo.  Ella se espanta de la tranquilidad con que yo llevo mi par de grillos cantores en los oídos.  No obstante, me dice los matará pronto con su tratamiento.

Yo le creo o le quiero creer.  No es reprensible mi esperanza, para otros ingenuidad.  De sobra se sabe que el acúfeno parece no curarlo nadie y que es harto complejo.  Pero hay algo importante:  yo quiero creer y, hasta hoy, he dado el primer paso de tolerancia al fenómeno, mientras llega la cura, misma que puede ser repentina, lenta, etc.

Mientras tanto, me doy el lujo olímpico de pararle gran cosa al hijo de puta ruido en mi cabeza.  ¡Que mi soberbia o altanería no laboren luego contra mí!  ¿Por qué habría de ser pecaminoso tener fuerza, buena confianza y autoestima en el cuerpo para afrontar un problema? Amén.