Sigo con mi grillo en los oídos, pero tranquilo, continuando con mi vida.

Me sorprendo todos los días de la tolerancia que he desarrollado.  Ya ni me importa si estoy oyendo siempre al acúfeno, aunque siempre he dicho que tengo la esperanza de que un buen día desaparezca después de habituarme a él.

La clave con la que he dado para este alarde digámoslo así─ es la ocupación:  estar siempre activo, con la mente ocupada y el ánimo en acción, declinando la energía sólo en las noches para dormir.

La cosa es sería, si me pongo a analizar:  he depurado mi organismo, no como comida basura, he eliminado el azúcar, chocolate, café, lácteos, trigo, huevos y soya de mi vida (estos cuatros pueden resultar silenciosos alérgenos reforzantes del acúfeno), y el ogro sigue allí en los oídos, hecho que me hace comprender la dimensión poderosa y compleja de la afección.

De paso, me he vuelto casi vegetariano (con los respectivos suplementos proteínicos) buscando la buena salud, y nada.

De modo que lo que resta es esperar.

Pero mientras tanto, gracias al yoga, a la relajación, a artilugios de distracción que he incorporado a mi vida, he mandado al acúfeno a un rol secundario.  He allí en lo que ando.