Semana rápida, de trabajo.  He decidido lanzarme un poco más a la calle para darle toques de olvido a mi acúfeno.  No más ayer, que paré para descansar un pelito las posaderas, no rodeé mi carro por la ciudad.

Ayer fui a la acupuntura y suspendí, por lo visto, los masajes Ceragem.

En cuanto a escribir, ando en formalidades, acomodándo páginas, borrándolas, bajando la carga a la hora de escribir.

¿Mi acúfeno?  Bien, gracias, anda por allí con sus trompetas, intentando llamar mi atención.  Lo hace a veces y yo pienso “¡Demonios, ¿toda la vida?!”, a veces queriéndoseme tomar por la vena pesimista del asunto, pero sin éxito; he pasado la página rápido y continuado con mi vida.

¿Medicamentos?  Coincidencialmente se han ido agotando y debo renovarlos en su dosis.  Apenas tomo zinc y manganeso en la actualidad, faltándome Ginkgo Biloba, magnesio y otros que pronto compraré.

¿Mi sueño?  Pesado como el hierro, con una rara irregularidad de un día, día de la peste que me atacó entre viernes y sábado pasados.

¿Mi vida después de mi declaración como ateo? (“Mi acúfeno y Dios”):  Igual.

Ya hablaré de algo con más detalles.