Realizaré algunos cambios en mi vida, es decir, más cambios, considerando que el hecho de padecer de acúfenos ya presupone algunos (¡y que cambios!).

Si el lector me ha seguido hasta acá, sabrá que he afrontado el acúfeno con fuerza, digamos entregado a las energías positivas religiosas tradicionales, con resultados de contención positivos; sumándole, es claro, el yoga, la acupuntura, aromaterapia, Flores de Bach y medicamentos, aunque sin cura definitiva.

Me explico:  luego del acúfeno, envuelto en el miedo inicial, me volví algo piadoso, cuidadoso de mi alma, desde el punto de vista religioso, cristiano oficial, para ser más exactos.  Me dije que con fe me curaría y empecé a aferrarme a las figuras divinas santas de la religión, a las ideas sagradas…  Cada mejora lo celebraba con una oración y, viceversa, cada involución, también. Me hice monje, casi con sotana.

Es decir, de ateo me hice creyente.

Pero debo confesar que no va con mi naturaleza creer en dioses con nombres específicos.  No se siento a gusto y sincero, esto es, no soy hipócrita.  Mi posición es personal, como todo ateo:  un creer en las potencias de la energía personal comunicada con el universo.  En ello creo.  He dejado de orar al dios con nombre y, en su lugar, invoco a “la fuerza”, “la energía”, a las potencias colocadas en mí como ser vivo por su poder creativo.

No puedo creer en dioses cuando contemplo tantas injusticias en este mundo del carajo.  Gente relativamente “buena” sufriendo un destino peor que el peor demonio (mosca, no hablo de mí, por si acaso imaginan que me victimizo).

En adelante buscaré mi equilibrio de una manera más mística universal, si es que me hago entender.  Me relajaré pensando en la fuerza o energía o madre naturaleza; comeré y beberé pensando en lo mismo.  Me equilibraré conmigo y con mi entorno del mismo modo que lo hacen las cosas y los seres vivos en el universo.

La razón de todo esto:  la religión cristiana (al menos en su forma) me aplasta el alma, me le quita potencia, me hace un ser huidizo y temeroso.  ¡Madre naturaleza, no va conmigo!  No puedo andar pidiendo perdón y haciendo ofrenda por todo.

Soy afín a Federico Nietzsche en tal aspecto, soy, sino un alumno, un asomado de su escuela.  Pero soy.  Su idea del superhombre me gusta en tanto invoca nuestras potencias maestras que la fuerza naturaleza nos dio.  Soy, más justamente, hijo de Baruch Spinoza, una idea más difusa, un panteísta que piensa que dios esta en la naturaleza y las cosas, sin nombres, por favor.  “Para Spinoza el hombre es cuerpo y mente, y todo en su conjunto es parte de una sustancia universal con infinitos modos e infinitos atributos […]”

En fin, un cambio de actitud.  Si bien es cierto que he mantenido a tope el acúfeno con relajación y tranquilidad, orar no me lo ha curado.  Me lo curaré yo, y valga mi arrogancia.  Se cansa el hombre de andar flotando como un trapo en el aíre, buscando milagros y a la buena de… dios.  No le temo a una eventual represalia divina (que me aumente el volumen del acúfeno, pongamos por caso); no creo en ella.  Resistiría y, si de tolerar humanamente se trata, la muerte es también un recurso lleno de humanidad cuando erradica o mitiga de un tirón cualquier sufrimiento.

Lo recién dicho es un modo de anunciar que haré cambios en mis relaciones personales y modo de vida, esos mismos que se basan en los remordimientos y sentimientos construidos desde la religión y la cultura.  Como se trata de un tema demás de íntimo, lo dejo anunciado.  Medio entiéndase que yo considero que los valores llamados “valores” para mi no son más que medios de dominación inventados y manejados por los poderosos innombrables de la cultura con el propósito del esclavismo.  Ideas como “sentimientos de madre”, de padre, bondad, responsabilidad, trabajo, etc.  Ideas y sistemas como la misma religión.  ¡Al carajo…!

En adelante me celebraré yo del mismo modo que lo proclama la poesía de Whitman en su “Canto a mi mismo”, es decir, me atenderé un poco más, me querré un poquitin más, caramba, naturalmente, sin extremos. Pongo al maestro:

Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.       
Vago… e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra
para ver cómo crece la hierba del estío.
Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,
de esta tierra y de estos vientos.
Me engendraron padres que nacieron aquí,
de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,
de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también.       
Tengo treinta y siete años. Mi salud es      perfecta.
Y con mi aliento puro
comienzo a cantar hoy
y no terminaré mi canto hasta que muera.
Que se callen ahora las escuelas y los credos.
Atrás. A su sitio.
Sé cuál es su misión y no la olvidaré;
que nadie la olvide.
Pero ahora yo ofrezco mi pecho lo mismo al bien que al mal,
dejo hablar a todos sin restricción,
y abro de para en par las puertas a la energía original de la naturaleza       
desenfrenada.

Me excuso con todos por la entrada de hoy, quizás dura o hermética, pero, les recuerdo, esto es un diario, mis amigos, una relación de mi personal acúfeno y de cómo lo enfrento, lo más abierto en mi medida íntima posible hacia ustedes. No se trata de egoísmo o de decepcionante posición sino de justicia y de crítica al sistema, en todo, caso, una posición personal.  Mi dios es el conocimiento y la naturaleza.

Espero que después de semejante reflexión no me contemplen como un demonio con un par de ruidos en los oídos (risas).