Semana movida para mí y mi acúfeno, y lo digo de este modo para no olvidar, con la narración de algunas rutinas mías que pudieran parecer digresiones, que este diario es básicamente una relación de mi afección sonora.

Mi padre se fue el día jueves en la mañana.  Lo llevé al terminal, lo acompañe hasta donde pude, siempre contento porque pude compartir con él momentos de su vida en vejez. Es un alma suave y atrayente.

Visitó bastante, estuvo muy activo.  Camino por la ciudad, a pesar de no tener muy buena vista.  Anduvo de hijo en hijo, otros dos hermanos que tengo aquí en Caracas. Y se quedó mayormente donde una hermana que vive en San Martin.

Siempre estuvimos hablando de mis ruidos, del acúfeno, el tinnitus, y me contaba momentos duros vividos por él cuando padeció la andropausia (un porcentaje pequeño de hombres padece los síntomas de la andropausia, como la mujer la menopausia: bochornos, ansidedades, depresiones, etc).

Después de dejarlo en el terminal, me estuve en la calle rodando el carro con pasajeros.  Hacia la noche, subiendo a Catia, se me empezó a recalentar el carro y me detuve.  Me paré al lado de un bloque residencial cerca de El Amparo y lo examiné.  Tenía una rotura en el radiador, y yo tuve la fortuna de tener bastante agua para echarle y terminar de llegar a mi destino.

Mientras tanto, mi acúfeno parece cosa del pasado y no porque se me haya quitado, sino porque no me importa.  Dice mi esposa que seguramente me ha bajado tanto como para que yo no le dé la importancia traumática que al principio.  Yo no lo creo.  Sigue igual y he sido yo el del cambio:  he desarrollado defensa, murallas, vallas, trucos, ardides, artilugios para mandarlo al diablo.  Y no me ufano, digo la verdad.

No puedo vanagloriarme.  Soy algo supersticioso en esto.  Bastante sé lo sarcastica y cruel que puede ser la vida. Arrogancia, soberbia, son malas consejeras.  Pienso:  “¿Qué tal si un día subiera un poquito y me desequilibrara de un tirón todo lo logrado hasta ahora?”  Así que me mantengo tranquilo, modesto, humilde; jugar con la vida, con su destino, sus trampas, atemoriza siempre. Para retar a la vida siempre hay que recordar que se tiene una sola.

Ayer viernes me paré muy temprano…  Bueno, yo me levanto ahora a las 6:30.  El día me rinde más.  Me fui al taller y arreglé el vehículo.  Soldaron las celdas rotas del radiador.  Un tornillo había caído sobre el radiador y lo rompió.  Pague BsF. 200 y luego me fui a trabajar un ratito llevando prójimos para allá y para acá.

¿Escribir, leer?  ¡Oh, oh; nada de eso!  Aproveché la semana, la visita de mi padre, para no dedicarme a mis rutinas lectora-escritoras.  Un amigo me llama y me dice que me extraña en una WEB donde publico semanalmente varios artículos sobre política.  Le digo que tengo dos semanas sin concentración, sin producción.  Me invitó, de paso, a grabar un programa de radio y acepté.  Luego refiero.

Mi acúfeno está tan inocuo que provoca no esperar que se vaya.  ¡Que se quede allí el hijo de puta, si es su gusto, porque hasta ahora lo toreo tranquilamente!