Podría ser un poco engorroso resumir mi actividad este fin de semana pasada recién pasado.  Baste decir que viajé hacia el Centro Termal Las Trincheras, visité Valencia nuevamente y no hice vida citadina en Caracas.

Me fui el viernes y regresé ayer con la caída de la noche.  Esta vez me hice acompañar por mi papa, de setenta años, para que, como dije, aproveche los beneficios del agua.

Me la pasé todo el día sábado metido de cabeza en la piscina, en el sauna, en el lodo y comiendo.  Todo sea por la salud, como ahora digo, después de estar padeciendo este lindo acúfeno.

No hubo nada extraordinario.  Nos alojamos en una posada adyacente al Centro, de donde nos proyectábamos a los alrededores, pernotamos y nos vinimos hacia el mediodía del domingo, pasando primero por Valencia, deteniéndonos un ratito en el centro comercial Metrópolis, para comer, una vez más.

¿Mi acúfeno?  Bueno, me sumergía en el agua caliente sulfurosa de las piscinas y lo oía a placer.  Está allí, como he dicho, existiendo sin que me joda tanto como antes, cuando sobreexistía y mi vida era una sobredimensión.  Yo continúo mi vida y mi busca de sanear el organismo para ver si en algún momento se le ocurre marcharse, comprendiendo que nada puede hacer ─ni como síntoma ni como enfermedad─ en un cuerpo saludable.  ¿No parece lógico que no existan plantas parásitas en un huésped sin savia?   Así se me figura el acúfeno que alojo:  una ventosidad agregada que tengo que dejar de alimentar.

Por lo demás, llegue a casa, comí, vi una película protagonizada por Michael Douglas (Hombre solitario) y me dormi de un tirón. La película, ¡vaya!, es deprimente y parece una elegía a un hombre que empieza a incursionar en la tercera edad. Después de una vida de triunfos y puertas abiertas, su historia es un constante cerrar de puertas y… ventanas.