¡Epa, esto como que se convierte en un semanario en vez de un diario!  No reporto nada sobre mi persona y respectivo acúfeno desde el día viernes.

Veamos por orden, siempre haciendo la salvedad de que he estado mejor, ya me entienden, el acúfeno igual y yo más fuerte.

El viernes escribí durante toda la mañana.  En la tarde fui a mi sesión de hidroterapia del colon, siempre teniendo en cuenta que sigo un ayuno desde las 7:00 AM hasta la misma hora del día siguiente, amén de tener la debilidad y somnolencia que me genera.  No obstante, me instalé en mi vehículo y me lancé a la ciudad, a trabajar un pelín.  En esos días, sólo tomo agua de coco y como peras.

El sábado fui al mercado y compré tierra abonada para mi jardinería.  Ahora, aparte de que me gusta cultivar plantas y criar animales (tengo peces, conejos y acures), me gusta internarme entre el gentío del mercado y sus ruidos, para perderme un poco con mi incómodo acompañante, quien se jode porque no lo oigo y deja de existir para mí por un largo momento.  Ansioso de venganza del día anterior (día de ayuno), me fui en la tarde a comer vegetariano en Sabana Grande:  dos raciones, y quedé sin apetito hasta bastante tarde.  Luego tomé mi vehículo y me lancé a la ciudad, a tratar de olvidar entre la gente y el tráfico, entre el nervio y el ruido, mi sonora condición de acúfeno.

Este día sábado tuvo una particularidad.  Me había comprometido a presentarme en Catia ante una persona y no pude cumplir.  Toda la tarde estuve pensando en tal compromiso, mientras comía, mientras manejaba, mientras pensaba…, y valga la pensadera.  A la final no fui a ningún lado y viví la presión de procurar que mi tiempo rindiese.  Fue un día negativo, de estrés, quizás de ansiedad, pero sin acúfeno agresivo, afortunadamente.  De todos modos me he propuesto no volver a pasar por semejante situación amenazadora de mi equilibrio.  La próxima vez, si no hay tiempo, ni iré y me quedaré tranquilo, tratando de no llamar telefónicamente tampoco hacia la zona del “conflicto” para no mortificarme más.  Y si lo hago, diré apenas que no se pudo y ya, que hice lo posible y ya; no tiene caso llorar sobre la leche derramada, como dice el cuento.

El domingo me levanté algo tarde por la noche del sábado, cuando vi una película en el computador.  El cazador (1.975), de Akira Kurosawa, tremendamente humilde y triste, pero bellamente triste.  Es ganadora de premios y un Oscar.  Trata sobre un tema que cada quien alguna vez ha vivido en las zonas rurales:  conseguir personas muy interconectadas con la naturaleza, esto es, muy naturales, de gran corazón y sinceridad.  Gente llana y pura que hace que uno, con tantas afecciones citadinas, piense en su vida como un cúmulo de basuras.  Así de simple.

Ayer lunes me tocó otra sesión de hidroterapia del colón.  Nuevamente ayuno de agua de coco y peras, hasta hace una hora de hoy, que comí un desayuno voluminoso de quinua, lechuga, huevos y avena.

Hasta el día de hoy, como siempre les digo, el acúfeno está allí, igualito, pero yo ando en una de darle muchas patadas en el trasero, obligándolo a arrinconarse.  Y así espero continúe la cosa. Caso contrario (¡dios!), ya informaré.