Saludos, empezando la semana.

El fin de semana que acaba de irse ha sido el último de las vacaciones, largas, por cierto, por mi situación de reposo.  Desde hoy empiezo mi régimen, digamos, sometido a horario y rutina, intentando conciliar con el acúfeno la ejecución de mis antiguas tareas.  Hasta donde el acúfeno lo permita.

Escribiré en la mañana y me distraeré en la tarde, cuando no invente un rato a salir con el carro.

Resumo un poco los días últimos:

El día viernes estuve en una pequeña reunión de cumpleaños.  Tomé algo, y al respecto tengo un comentario.  Primero, dejo aclarado que no lo había hecho desde hace unos cuantos meses, cuando tomaba semanal; dado el tiempo sin tomar, me llegué a convencer de que había dejado la bebida.   Pero ya ven:  tomé algo, y no sin estar preocupado por mi acúfeno, el cual presuntamente aumenta por efecto del alcohol.

Y tal es la razón de habar dejado de tomar y fumar:  el acúfeno, mi otitis inicial, aquella que me trajo el ruido que actualmente padezco.  La literatura es tajante al respecto:  el alcohol y el cigarrillo suben el volumen de los acúfenos.  Pero tomé y no pasó nada.  Al contrario, mi acúfeno bajo considerablemente, hasta el grado del olvido de que lo tenía, hasta el punto de la comodida.  Por supuesto, fue una sola toma, y estoy consciente de que, si el alcohol lo sube, ha de ser cuando se bebe regularmente y se intoxica el cuerpo de forma importante.

El día sábado lo pasé todo el día en mi segunda clase de masaje energético en la escuela de acupuntura Nei-Jing, sentado sobre las baldosas, entre unas sesenta persona, allí mismo experimentado los “beneficios” de mis anteriores traguitos de caña.  Los apuntes de la primera clase los reuní en el siguiente blog:  “Masaje y energía:  1ª clase”.

El domingo me fui al cine y ví una película china llamada Que vuelva el amor (2007), de un tal Chen Jun, en la Cinemateca Nacional, en un ciclo de cine chino que empezó para este mes de octubre.  Bajo la dual temática campo-ciudad, la película desarrolla la historia de un citadino joven desprovisto de las admirables cualidades de quien se educa en medio de un ambiente de cuido y afecto (la deshumanización de la ciudad es el punto); joven que va al campo, a las tierras duras y frías de los mongoles, a vivir una metamorfosis de amor crucial para su vida.

Es una bella película, sin gran complicación o ambición de impacto.  Muy humana y llena de la sensibilidad más deseable de quienes vivimos en medio de una salva de concreto.

Así me distraje un rato.

Por lo demás, les comento que los medicamentos se me ha ido acabando y son pocos los que tomo en la actualidad:  Gingko Biloba, magnesio, zinc (por cuenta propia), además de los prescritos por mi doctora.

Otro punto, que desarrollaré después, es sobre mi respiración.  Mi nariz ya no deja colar muy bien el aire y me temo que pronto tendré que realizar diligencias para operarme.  Sufro de asfixias durante el sueño. Parece que estoy en permanente alergia, con los cornetes recrecidos, producto seguramente del actual clima de polvo y polen…