No reporto por aquí desde el día viernes pasado.  Significa que se me han quedado sin relato el día viernes, sábado, domingo y lunes, lo cual no es usual, porque no dejo que el acumulado llegue a cuatro días.  Normalmente dejo acumular sábado y domingo, y el día lunes estoy ya escribiendo.

Pero, véase, hoy es martes. No haré detalles de cada día, sino de la causa que me ha mantenido absorto y sin tiempo para escribir.

La razón está en los tratamientos.  Como les dije el viernes (Aromaterapia, vida diaria y acúfeno), ando en trámites de un ayuno que me recetó la homeópata.  Bueno, hoy no, ya lo terminé esta mañana a las siete.  Pero en los días pasados, especialmente el día viernes (que era el día de la cita con la doctora), anduve en eso.

El cuento es que lo hice indebidamente (el ayuno) y tuve que repetirlo desde ayer hasta hoy, pudiéndome chequear con la homeópata ayer mismo, después de cumplirla cabalmente.  Fui el viernes al consultorio, pero de entrada la doctora me retiró.  Me preguntó cuándo había iniciado el ayuno y, cuando le dije que el jueves (un día anterior), me expulsó del consultorio.  “Véngase el lunes y el mismo lunes a las 7:00 AM empieza el ayuno”.  La cita fue para las 10:00. 

Así que pasé, inútilmente para cita médica ─aunque no así para la salud─, dos días tomando agua de coco y comiendo peras.

Finalmente, ayer me atendió.  Y fue una maravilla de consulta por todo lo aprendido, aunque te entubaran el trasero con equipos para hidroterapia del colon como precio.  ¡Vaya, vaya, lo que uno tiene que experimentar con tal de amarrarse a la salud!  Mientras la doctora verificaba el procedimiento y examinaba las heces (coloración, consistencia, etc), me entabló una conversación sobre los intestinos, combinada con una auscultación de tipo psicológica.  Es decir, mientras me explicaba cómo funcionaban los intestinos, me hacía preguntas de carácter personal con el fin de redondear un diagnóstico, apoyado en las observaciones de su trabajo.

El resultado fue “colérico”.  Así me lo expresó:  “Usted es una persona colérica y debe someterse a observación para lograr un control.  No le pido que controle o se trague su cólera, pero, en virtud de la observación que usted realizará sobre su comportamiento a partir de hoy, empezará a razonar sobre el hecho.  Contar hasta diez o caminar antes de responder cualquier cosa que lo “desate” será su tarea a partir de hoy.  Razonar y, al cabo de la caminata o del conteo, volver para expresar su punto de vista sobre lo causó su cólera.  El objetivo:  la salud, evitar que emociones inadecuadamente drenadas dañen su organismo”.

“Interesante”, “sencillo pero magnífico consejo”, me dije, no muy lejos de la realidad, por cierto.  Yo soy sistemático y minucioso, y, en el contexto de mi lugar de trabajo, por ejemplo, donde tengo mi orden, no tolero modificaciones del entorno.  Ello me exacerba, me irrita, y me pone a pensar en la torpeza e incomprensión de los demás por los nuestros aperos personales, a pensar en la violación de los espacios que uno marca especialmente como privados.

Aparte el feo rasgo descrito, debo manifestar lo interesante de la charla de la homeópata.  Su método es trabajar las huellas del historial traumático grabadas en lo físico de las personas, en lo orgánico, combinando el procedimiento, como dije, con lo psíquico.  El objetivo es borrar la memoria de problemas estampada en el cuerpo para, con el paralelo trabajo psíquico, obtener un resultado de cura o, al menos, de condiciones propiciantes de ella. 

La novedad es que el tratamiento consiste en ¡diez “colónicas”!, que es como se llama la limpieza de colon, distribuidos en lotes de dos semanales.  O sea, que esta semana (el viernes), me toca otra sesión, y así hasta la décima, hasta que el colon de quien le habla quede reluciente de blancura.

La medicina tradicional china considera a los riñones como la ventana expresiva de los oídos (hablando ya de lo que me afecta, mis oidos).  Se lo comenté a la doctora y le gustó el comentario, y por ahí hablamos.  Lesiones en los riñones repercuten en el oído y viceversa.  Hablamos, en fin, de vísceras en general, mientras yo me convencía de la razón que había en sus palabras, especialmente cuando hablaba sobre la memoria del cuerpo y los eventos traumáticos.

Tiene lógica.  Si tú eres colérico, puedes reventar tu corazón en medio de un acceso.  Si tú sufres una tragedia, una pérdida, es claro que ciertos órganos del cuerpo padecen la conmoción (nada más piénsese en el timo, que se encoge ante el efecto de la tristeza y se esponja con la alegría y el optimismo).  Si tú no duermes porque piensas con mucha recurrencia en un punto fijo, podrías desarrollar el insomnio.  Si padeces una enfermedad, demás está decir que los órganos en general (no mencionemos en exclusiva a los afectados) acusan un efecto no precisamente positivo.  El punto es que queda una huella, una impresión, en tu organismo, coordinada con el evento psíquico de recordar los momentos duros de la enfermedad (mente-cuerpo).  He de suponer que, así como los oídos mantienen una relación comunicativa con los riñones, afectando con una pisada por aquí con una huella por allá y viceversa, las vísceras han de ser una suerte de alfombra global que recoge las pisadas traumáticas en el organismo.  Empalagosa idea que se me antoja, personalmente, sin confirmación científica, es claro.

Mañana les cuento algo sobre un momento de falta de energía que tuve el día viernes y sobre un ejercicio nuevo que estoy haciendo para estimular el timo, una pieza clave en lo que respecta a sistema inmunológico); sobre algo de cine y trabajo con el carro.