Ayer distraje mi acúfeno manejando un poco por la ciudad.  Fue un día flojo, sin contrariedades, con mucha lluvia y poca sangre citadina.  Aun no empiezan las clases y la ciudad parece bostezar.

Puedo decir que no oigo al innombrable, pero cuando lo digo me refiero a momentos.  Pedazos de tiempo en inconsciencia que tienen su despertar, que, lamentablemente, terminan.  Ocurre cuando la mente se ocupa cien por ciento en algo, o piensa intensamente en algo, en puro, sin darle más importancia a otra cosa que lo pensado.  Allí el acúfeno no se calla, pero deja de ser escuchado y es como si desapareciera.  Mas, repito, son momentos brevísimos.

Supongo que la idea será que dichos momentos se hagan extensos, lo predominante vital, aunque me imagino también que tal cosa no es posible porque uno siempre recae en uno mismo, en su realidad, en su noción de brazos, orejas, pelo, dientes y… acúfenos.  Olvidarse de uno podría ser lo ideal para que muchas cosas dejasen de existir, pero ¿cómo?

Es saludable quitarle importancia al acúfeno, para que no mortifique el alma, para que no torture, para que no lleve al estrés al portador, para que no dispare al sistema nervioso central en inútiles reacciones de espanto y huida; pero, cuando él suena de modo significativamente audible, no me parece completamente posible obviarlo.  Está allí, peligrosamente invitándote a pensar en él.  La terapia debe prender en tal punto:  en que la atención no se focalice centralmente en él, exclusivamente en él, porque, así, es seguro que el afectado escalé reales niveles de enfermedad.

Hablo del acúfeno cuando ha de ser una condena, cuando no se erradica y la persona tiene que convivir con él.  No habló de lo transitorio, de los acúfenos pasajeros, de los que se curan un buen día, como me esperanzo yo respecto del mío.  Y, atención, hablo del acúfeno cuando sonoramente es tolerable, obviable por momentos, aquel que puede ser olvidado por la mente durante unos momentos y, en consecuencia, rinde algo de descanso al alma.

¿Por qué lo dicho?  Hay personas tan desgraciadas en esta vida que tienen acúfenos infranqueables, plenos, sonoros a tan grado que no les dejan oír el exterior, es decir, sordas por causa de ruidos. Tales son seres sin descanso, dolorosos, con almas fustigadas eternamente por látigos de truenos.  Para ellos no cubre mi reflexión.  Porque… ─que alguien me diga─, ¿cómo se puede pretender que estas personas no escuchen o le quiten importancia a lo que parece ser el rasgo primordial de su existencia?

Afortunadamente no es mi caso, a pesar de que mi acúfeno es digamos de grado 3:  doble, permanente.  Yo a diario lucho para salir de él, aunque este plan me haga pensar en él a diario, cosa que no recomienda alguna literatura que dice que lo obviemos.  Pero ¿cómo olvidar aquello contra lo que se lucha?  ¿Cómo liquidar a un enemigo que no existe?   Cada vez que me tomo un medicamento sé para qué es y mi mente piensa en el incansable ruido.  A mi me parece interesante cuando recomiendan que le quitemos importancia y no pensemos en él, pero me parece impracticable del todo.  Él esta allí dentro de nuestro ser, ineludible.

Sin embargo, la reflexión podría concluir en que es un enemigo que puede matarse con inexistencia, con olvido, con no darle importancia.  Pero, repito, esto para el caso de acúfenos humanamente tolerables.