Estuve en la calle como hasta las 7:30 PM, fisgoneando la ciudad.  Todavía permanece tranquila, sin la barahúnda propia de la época de clases, que empieza la semana entrante.

Entonces todo cambia.  La ciudad se trastorna.  Corren los humores por las vías, porque a los transportista les molesta subir a su carro a estudiantes, que no pagan sino un boleto que luego ellos cobran ante el gobierno.

La ciudad se arremolina con tanta gente en la calle.

Por eso digo, la ciudad anda tranquila y se puede hasta disfrutar.  Me desplacé por la Cota Mil, La Urbina, Chacao, El Valle, Coche, El Silencio.  No me mojé una gota, pero supe por la radio que había llovido con fuerza en Coche, El Silencio, Catia, El Valle.  Según oía, salir de Caracas hacia las ciudades adyacentes era un acto infernal.

No me mojé, pero la exposición al ambiente frió de lluvia me resfrió.  No dormí cien por ciento y estuve con una fosa nasal obstruida toda la noche. Respiré maltrechamente por la otra, que está semibloqueada por mi tabique desviado.

Ayer, a diferencia de anteayer, terminé mi rutina médico-casera una hora más temprano, como a las 11:00 PM:  cena a las 9:00, una hora después enema, luego baño frió de tronco y, finalmente, pediluvio con hojas de ruda.  No hubo tiempo, sin embargo, para jorungar la computadora.  Esto de sanar como que me anda consumiendo gran tiempo.

Hoy repito mi salida con el carro hacia la ciudad.  Mañana y el domingo empezaré unos estudios de terapia floral en Altamira, todo el día.  O sea, fin de semana copado.

Mi acúfeno sigue igual y se puede decir, hasta ahora, que el único que está cambiando soy yo.  Él es estático y yo evoluciono hacia una mayor resistencia.  Eso espero, porque, de cualquier modo, ello es mejoría.