Ayer me agarró la medianoche realizando mi nueva rutina.  El enema de manzanilla para el colon y el pediluvio con hojas de ruda me complicaron un poco.  Me acosté media hora después de la medianoche.

Supongo que después le tomo el ritmo; tengo para bastante, considerando que son tres meses.  Bueno, la limpieza de colon es sólo por una semana.

A propósito, como la limpieza de colon se acompaña con respiración profunda, debo testimoniar que, mientras la hacía, experimenté algunos vahídos y una ¡subida sorprendente del volumen del acúfeno!  Naturalmente, me preocupé algo, pero continué con el procedimiento, notando que lo de las subidas no ocurría una vez sino varias. Seguí, no obstante.

Por suerte, luego bajaba hasta su punto acostumbrado.  Y bajó para la hora de dormir.  Hoy en la mañana siento una sensación saludable en todo mi cuerpo, a pesar de mi imperturbable acúfeno, aunque ─debo decirlo sin ufanaciones─ no más imperturbable que mi contextura para aguantarlo.  Porque, es así, me he hecho bastante fuerte para resistirlo.

Mi acúfeno está igual de volumen, pero mi contextura anímica y corporal lo tolera mucho mejor, con algo más de indiferencia, de desprecio, si se quiere. 

En la tarde, después de la sesión de masajes Ceragem, me fui al cine, incursiones éstas a las que les estoy tomando el gustito últimamente.  Vi la película Amanece (1939), de Marcel Camé (Francia), una cinta que en su tiempo fue mutilada y dada por perdida, por la desorganización de la época en conservar lo que se grababa y, también, por los convulsionantes cambios de época tan temprana del cine (poco antes, con la irrupción del cine sonoro, los filmes del cine mudo se vendieron a una industria que recuperaba la sales de plata de las cintas, al grado que se perdió un 80% de lo filmado hasta 1.915).  Aunque no es el caso de la presente película, sonora, no dejó se ser arrastrada por el caos de la época, pero recuperada y restaurada por la Cinemateca Francesa, preservada para nosotros hasta hoy.

Me gustó.  Tiene una trama simple, pero las actuaciones de todos esos viejos actores es impresionante, más cuanto para la época no existían tantos artilugios y efectismos como hoy.  El actor era natural y, por ende, artístico en grado sumo, siguiendo el concepto de arte aristótelico.  La película no deja de demostrar el estilo minucioso que luego caracterizaría a las producciones francesas.

Para hoy, en la tarde, me espera la ciudad y sus ruidos: manejaré el vehículo hoy hasta la noche.