Y bien, estoy que me reincorporo a mi vieja rutina, pelo a pelo (me refiero a mi actividad normal para cuando se acaben las vacaciones).

Ayer, después de ordenar mi computadora (ni escribo ni leo cosas “serias”), eliminando archivos que saturan mi espacio, arreglando fotos, haciéndole mantenimiento a los blogs, me fui a la calle.  La terapeuta me aplicó el masaje Ceragem y luego agarre la calle para mí con el carro.  Por cierto, cuando llegué al consultorio, donde también está mi odontólogo, pretendí pasar a hurtadillas para que no me viera, pero fue en vano.  Me pilló y me dijo de una vez que pasara a la consulta.  Le dije que no podía ser porque no tenía dinero sino un poquitín para la terapeuta y me respondió que no importaba, que pasara, que luego le pagara.   Asi que me taladró una muela el buen hombre, a éste mal cliente sin plata (ja, ja); quedé comprometido en pagar hoy, pero por los vientos que soplan…  Hice de taxista hasta las 7:30, me hacía falta.

Ya les he dicho que me gusta pasear por la ciudad mientras los clientes me pagan.  Es una maravilla.  Si antes me gustaba el paseo, ahora, que tengo acúfeno, más.  La ciudad es una gran enmascaradora de mi ruido.

Estaba un poco apagada, sin gran tráfico (o no sé si soy yo, que instintivamente manejo por donde no hay tráfico, de tanto conocer ya la ciudad).  Claro, no han empezado las clases ni su zaperoco consiguiente.

A ratos mientras manejaba, pensaba en el cine.  Me decía que, por andar ruleteando la ciudad, me perdía una película que debe ser excelente:  Las troyanas, de Mihalis Kakogiannis (1971), proyectada en el Centro de Estudios Latinoamericano (CELARG).  ¡Umm, seguro de gran interés!  Las mujeres, después de la caída de Troya, en las garras de los griegos, en su nuevo papel de esclavas, de princesas a esclavas. ¡Pero ni modo!  ¡Me gusta también manejar!

Por lo demás, mi rutina relacionada con mi vida acufónica (digamos así), sin novedad.  Dormí excelentemente, y mi ruido sigue allí, rampante como siempre, pero sin mucha repercusión en mi en tanto mi sensibilidad y pensamiento hacia él son bajos.

Ayer disfruté de unas shawarmas en casa, últimas de la jornada, porque hoy (informo) empiezo un nuevo tratamiento recetado por mi homeópata:  vegetarianismo, durante tres meses.  Poco a poco iré hablando de ello.

De un centenar de kilos, peso ahora 80, y ahora, con la nueva dieta, la proyección es que baje unos 4 más. ¡76 es mucha delgadez! Todo sea por la salud, por la sanación del cuerpo, por mantener óptima la maquinaria para que se curé a sí misma!