Como vaticiné, ayer me anduve de paseo, cosa que parece sustituir ahora las parrandas anteriores a mi afección auditiva (risas).  Después de organizar imágenes en el PC durante la mañana (ni escribo ni leo cosas “serias”:  estoy de vacaciones), me fui con mi esposa al cine en la tarde, en la Cinemateca Nacional.  Vi El salario del miedo (1953), de Henri-Georges Clouzot, francés, el mismo de Manon (1949) y Las Diabólicas (1955).

Me gustó.  Es excelente, viejita, pero con esas actuaciones actorales que uno nunca olvida.  Sólo que el final me parece rebuscado, majadero:  después de tanto peligro y trabajo ─superados─ en el objetivo principal del protagonista, el final de la película parece afanarse en darte a entender que nada es seguro en este mundo, lleno de ironías y golpes de la vida.

Hoy durante el día me estaré preparando para el viaje de mañana a Las Trincheras, aguas termales.  Ya he contagiado a un gentío para que visiten el sitio, y yo iré con la familia.  Y para el mes que sigue, octubre, tengo programado llevar a mi viejo, el Camero mayor.  Supongo que luego llevaré a mi madre.  Es cuestión de invitar e invitar, a ver si puede.

Naturalmente, me olvidé del acúfeno, como si no lo tuviera.  El sonido en el cine es fuerte y lo enmascara.

Temprano fui, también, a la terapeuta que me aplica los masajes con el equipo Ceragem.  De allí salí bastante confortado, relajado.  Apenas voy por la sesión quinta, de veintiún en que consiste el la terapia.  Tiene su efecto positivo, que aún estudio.

Ayer ni me apliqué la mascarilla ni las infusiones de eucalipto que en las noches uso para despejar las vías respiratorias.  Dormí saludablemente.