Ayer no tuve mi sesión de masaje Ceragem:  la terapeuta se fue de curso.  Tomé la tarde para dar una vuelta en familia, visitar un restaurante y ver la cartelera de la Cinemateca Nacional, donde hay un ciclo de cine vietnamita y otro francés.

Hoy, por cierto, proyectan la Bella y la Bestia, de Jean Cocteau, 1945, y El salario del miedo, de Clouzot, 1953.  De pronto me animo y voy hoy.  Después de mirar e informarme, me dí una vuelta por el parque Los Caobos, donde pastan unos dinosaurios.  El parque fue acondicionado como un mundo jurásico y hay dinosaurios de todos lo tipos, por aquí y por allá.

Con suerte, les eché una vista hacia el atardecer, sin mucha gente, más cómodamente, porque de día es difícil por la cantidad de visitantes.  Fotografíé a montón y me agarró la noche en la distracción.

Mientras caminaba por el parque, las chicharras chirriaban poderosamente entre los árboles y me hicieron olvidar el canto propio de las mías.  Me distraje.  Estuve hasta oscuro tomando fotos a las esculturas, mirando a la gente trotar, testigo de cómo en ese pedazo de tierra la noche se hacía muy espesa, a diferencia del resto de la ciudad donde hay mucha luz y la gente como que no quiere dormir o estar en paz.

Estuve tentado a ir a Sabana Grande, al bulevar, pero no me dio tiempo.

Luego regresamos a casa, mi compañera a sus quehaceres y yo, con mi acúfeno, a la INTERNET y mi rutina de convaleciente eterno.  Fue un día suave, olvidado en parte del acúfeno.  Concilié buen sueño.  Me fui con la idea de que el parque es ideal para leer o escribir en una computadora portátil, claro, llevándose siempre uno una silla de esas plegables.

Les dejo unas imágenes ahí para que se asusten un poco (risas):

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Ícaro, de Felipe Herrera (venezolano)

 

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El hombre fragmentado, de James Mathison

 

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