Algunos pormenores al regreso del viaje al Centro Termal Las Trincheras.

Después de pasármela casi sin acúfeno, en medio de un bosque calmo, llegué a Caracas.  Antes ya había ocurrido algo que me preocupó algo, aunque no tan gravemente:  el carro dejó de aceptar la quinta velocidad.  De modo que tuve que tolerar ser la molestia de los “meteoros” que recorrían la autopista regional del Centro.  Me la tuve que pasar en el hombrillo, porque tampoco se puede andar en el canal lento debido a que es la calzada de las gandolas y camiones, que corren a unos 140 kilómetro por hora, aproximadamente.  Yo maneje a 80 ó 90.

Apenas pisé Caracas, la ciudad de los ruidos y del ajetreo, me puse a arreglar el vehículo.  Sin sorpresa, se me subió el acúfeno.  Me vi precisado a caminar o correr mientras desarmaban el carro, buscando repuestos por aquí y por allá.  Sudé y gasté.  Otras veces me apresuré.  El arreglo duró unos tres días y al final el mecánico y la ciudad me pasaron sus respectivas facturas:  uno me pasó el monto del trabajo y la otra la factura de los apuros.

Presuntamente ya se arregló el cambio del vehículo, cosa necesaria porque pienso viajar éste fin de semana otra vez a las aguas termales.

Mientras tanto, mientras duran las vacaciones de agosto-septiembre, andaré en ello, explorando.

Por lo pronto, mientras estoy esta semana en la ciudad, he retomado mis masajes Ceragem con la terapeuta V. y hoy voy a mi sesión de acupuntura.  Mi acúfeno está algo encendido y parece ponerse así cuando paso una semana sin la acupuntura.  Veremos. He vuelto con mis medicamentos (algo desarreglados durante el viaje), a la dieta limpia, a mis masajes particulares y la arcilla.