Después de una mañana tolerable, de acúfeno digamos bajito, me fui a la calle hacia el hacia las dos.  Leí, escribí, atendí mis páginas WEB, además de mi rutina, que conocen ya.

En la calle tenía trabajo que hacer.  Salí con mi esposa a comprar una lavadora y un ventilador.  Rodamos hasta Catia, donde decidimos caer en manos de nuestros árabes victimarios.  Resultado:  una lavadora automática marca Daewoo y un ventiladorcillo, ambos artefactos para ella misma, en especial el último, que servirá para refrescar sus bochornos menopáusicos.

De regreso, entrado el atardecer, se me ocurrió hacer el trabajo completo, esto es, comprar las mangueras y tuberías para instalar la lavadora de una buena vez, suministrándole el agua fría y caliente.  Tuvimos que mover las patitas hasta las ferreterías antes que cerrasen.  Compramos lo requerido y decidimos guardar el carro en el estacionamiento, gratificarnos con un yogurt en la plaza La Concordia y dejar para entre 7:00 y 8:00 el trabajo de instalación.

Estando en la plaza me ocurrió algo curioso.  Mientras comía mi yogurt y observaba a un grupo de jóvenes jugar al básquetbol, un grillo de jardín empezó a cantar.  Puse atención.  Le dije a mi esposa:  “¿Quieres tener una idea de lo que yo oigo en mis oídos permanentemente?  Oye ese grillo o chicharra que canta”.  Ella voltea hacia el jardincillo y escucha.  Se lleva la mano a ambos oídos y exclama:  “Es horrible, ¿cómo toleras?”.

Yo sonrío.  Pienso en ella, en las personas que conozco y que amo y me digo que terrible sería que a una de ellas se le declarase un acúfeno, imaginándome que no lo soportarían.  Y en general, me digo que no le desearía tal suerte a nadie.  Porque hay acúfenos de acúfenos…  Yo he dicho que el mío es de severo a moderado, sin haberlo aún medido con un audiometrista, basado en aproximaciones que me dan las lecturas.

Pero hay acúfenos que matan, por utilizar el clisé de la expresión.  De ese 17% de la población mundial que lo sufre o ha sufrido, un 4 corresponde al sector de los discapacitados.  Hay personas con acúfenos tan altos en ambos oídos o uno que prácticamente no oyen el exterior, y esto es una pesadilla para un vivo, inimaginable para quienes ni siquiera tienen un leve murmullo en su oído.  Recuerdo al señor (fortachón de 35 años) que llevé el otro día en mi carro (“Un pasajero con acúfeno”), quien me dijo que lloraba y se desmayaba ante el ruido, ruido que finalmente se le quitó al cabo de dos años.

Por otro lado, he recibido en mi correo testimonios demasiado dolorosos de nuevos amigos y afectados con el mal.  Es de terror.  Gente que cae en crisis de llanto, de impotencia, para, luego de la tempestad, seguir en medio de ella, es decir, con el invencible ruido en los oídos.  De modo que, como dije, no le deseo tanto mal a nadie.

En cierta forma creer que otros no resistirán lo que uno sí, parece una manera de sentirse como por encima, con más fuerza que los demás.  Realmente creo que los humanos son del tamaño del problema que se les presente.  La vida sigue y se acomoda, y nos acomodamos nosotros si queremos seguir viviendo.  Considero una bendición (vea lo monstruoso de lo que digo) que mi acúfeno, con el nivel que tiene, me permita leer, pensar, escribir, sonreír bastante, como lo hago sin embargo en la actualidad, aunque me haya modificado el estilo de vida, obligándome a acostarme más temprano, dejando la bebida y las juergas.  Ruego a diario por mí, con el obligado egoísmo de la angustia, para que no se me suba más allá del nivel que tengo ahora, y que la vida no me discapacite.

Porque ha de ser una realidad que mucha gente afectada no sabe cómo afrontar el problema, empeorándolo más.  Por ello me digo que, con todo y que mi acúfeno es una condena temible, corro con más suerte que muchos que ni siquiera tienen un INTERNET para buscar al menos el significado de la palabra.  Y esto lo digo a sabiendas de que entraña una forma de consuelo:  “Mal de muchos, consuelo de bobos”.

Para no dejar de pasar el momento y el ruido replicado de mi acúfeno en la plaza por el bendito grillo, saqué mi grabadora y me puse a pescar al susodicho grillo, para que cuando me pregunten entre allegados qué tengo ponerles su canto, quizás para subir la grabación a este diario.  Pero no pude, lo confieso.  El grillo parecía observarme y cuando daba click a la grabadora, el hijo de su madre se callaba.  Me volvía al acto de comer el yogurt y él retomaba su canto.  Intentaba grabarlo de nuevo y se callaba otra vez.  Así intenté cinco veces, medio grabándolo, tomándome el pelo él a mí en vez de yo a él. Al final terminamos muertos de la risa con el susodicho canto de grillo.

De todos modos, coloco a continuación dos sonidos similares, el primero, un concierto de grillos en un campo y, el segundo, el chirrido de una puerta, esté último muy parecido, e igual si se mantuviera constante al menos replicándose en su principio:

Pradera de Grillos:

 

Chirrido de una puerta:

 

A las 7:30 me puse la braga de plomero e instalé la lavadora.  Luego le busqué sitio al ventilador en mi habitación, puse mi aromaterapia para dormir y me acosté a las 12:30.  Me levanté a las 3:30 AM con la vía respiratoria tapada y no pude conciliar el sueño otra vez hasta las cinco de la madrugada.  La idea del bendito ventilador no resultó buena.   Ya lo deseché.

Otros detalles:  el día de ayer tenía cita en el Hospital Militar, pero desistí de ir por considerar que ya tengo un control con un otorrinolaringólogo (aunque de clínica privada) y porque, por lo que he leído, es poco lo que la medicina convencional puede hacer por nosotros.  Más allá de una resonancia magnética, unas placas o tomografías para descartar un origen físico de la afección, no es gran cosa lo que pueden hacer los médicos con sus calmantes, antidepresivos, etc.  Con ello no expreso rechazo ni desesperanza, sino realismo.  El acúfeno en la actualidad es un reto científico que no parece acomodarse a la naturaleza de estudio de la misma ciencia, o sea, a su forma de estudio sectorizado, por pieza, por partes, por dedos, por pies, etc, olvidando la relación de la parte con el resto del todo.   Más bien parece un objeto de estudio y de tratamiento de carácter oolítico, que trata el todo, al hombre en su totalidad (psique y organismo) sobre su ambiente.  Yo llevo mi tratamiento bajo ambos enfoques, intentando armonizarlos lo mejor que puedo, como se ve, convirtiéndose uno mismo en médico propio.