El domingo lo transcurrí con un acúfeno suave hasta el mediodía, período de mis lecturas y escritos on line.  Luego, cuando aumentó, me fui a dar una vuelta en el vehículo, a comer shawarmas y a tratar de distraer un poco a mi esposa, que está bajo el efecto del duelo de la partida de nuestra hija.

Por mi parte, como se le critica a los hombres, soy más frío y cerebral.  La razón me lleva a una conclusión luminosa, cadenciosa, lógica, a preservar lo decidido; ella, en cambio, es muy sentimental, ama con su corazón, cosa que parece ser una sustancia extraña en nuestra roca de corazón masculino.  Vive el conflicto típico de la razón y el amor.  Como dice una canción, el corazón ama y no le importan los razonamientos de esa maquinaria fría en la cabeza que es el cerebro.

Ayer, como anteayer, el acúfeno me sacó de mi casa, literalmente hablando.  Hacia el mediodía empezó a sonar con mayor disgusto y prácticamente me tiraba de la manga de la camisa para que lo sacara a dar un paseo.  Como que se ha convertido ─como yo─ en un fisgón de ciudades, aludiendo a mi gusto por el movimiento citadino.

Di unas vueltas por ahí; de regreso no fui a la plaza O’Leary (como que la saqué de mis pasos, en definitiva) y me fui directo a casa, echándome a dormir a la hora de siempre, 12:30.  Y con sueño profundo, como ha ocurrido en estos tres últimos días de acúfeno alto.  Cosas que no entiendo.  Si no duermo bien, siento el rigor del acúfeno; pero en estos últimos días he dormido muy bien y el acúfeno ha hecho de la suyas.