Jueves.  Con buen descanso, inicio el día.  El acúfeno se hizo algo notable en la mañana, como no acostumbra, pero no fue lo suficiente para impedir mi rutina, mis ejercicios, mis lecturas, mis escritos, mi día.

Me levanté a las 8:30 y dejé de jorungar mi computadora como las 3:00 PM (escribo mis cuentos y cuentas en la computadora).  La casa estaba un poquito en desorden por limpiezas que mi esposa hace.  Siempre me ha incomodado el desorden, pero me la pasé encerrado en la habitación-oficina, ignorando el exterior.  Dice mi doctora homeópata-astróloga que mi naturaleza taurina con ascendente en virgo es una configuración difícil para cualquier humano que intente tolerarme.  ¡Ja, ja!  Según ella, maniático, sistemático, loco, obsesivo, demasiado terráqueo.

Y tiene razón, porque soy esquemático, obsesivo con ordenar mi ambiente.  Mi computadora (lugar de trabajo) es un esquema, como mi habitación y mis hábitos.  Predomina la inflexibilidad conmigo mismo.  Si tengo un desorden en mi espacio de trabajo, sólo yo sé que allí hay un orden y siempre le espeto al intruso “Mi desorden es mi orden y viceversa”.

Fuera de un hecho que sacó el jueves de la rutina, el día fue el de siempre.  Medicamentos, ejercicios faciales, respiración yogui, mi mascarilla de arcilla, el paseo en la tarde, etc.  Esto último fue curioso:  me fui a una tienda al centro comercial Centro Plaza, en Altamira, a comprar unas esencias de aceite para aromaterapia y lo que hice fue comprar otras cosas, entre ellas la raíz de echinacea, un fortalecedor del sistema inmunológico que andaba buscando desde hace tiempo y que recomienda el libro de Thomas Coleman (Milagro el acúfeno).  Descubrí que el dependiente es un hombre versado en el tema naturista, como debe ser en alguien que maneje una tienda de esa especie. De forma que sumo la raíz de echinácea a mi botiquín, que os muestro en la siguiente fotografía:

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El hecho fuera de lo corriente del día de ayer fue la “despedida” que le hice a mi hija mayor, de 21 años.  Le dije que se fuera de la casa, que ya era adulto, grandecita y que requería algo de lección de la calle.  Es largo y complejo de explicar, pero simple de entender:  se le puso un kit de reglas sobre la mesa, reglas a cumplir en cualquier casa, y, al mostrar indisposición o incapacidad para cumplirlas, no me quedó otra opción que pedirle que se fuera.  Es una situación típica del crecimiento en la vida, de los hijos y padres, que suele uno cerrar con la expresión “Así es la vida” o “La vida continúa”.  Una decisión que venía madurando desde hace un tiempo.

El evento me permitió medir su impacto en mí acúfeno, el cual fue inocuo (por frío que parezca, debo hablar en estos términos, primero porque el tema del acúfeno es la materia de este diario y segundo porque no es nada del otro mundo que un hijo crezca y tome vuelo).  Mi acúfeno se mantuvo igual, de paso que dormí profundamente.  Mi esposa ha padecido bastante la decisión tomada, pero la comprende; yo, por mi parte, he estado tranquilo, con todo y que parezca cínico o frío, como dije.  Pero son situaciones que nos llegan para resolver.  La muchachita le llegó la hora de aprender a lo duro, dado que a lo blando no valoraba lo que tenía a disposición:  pago de universidad privada, flexibilidad en permisos, poca exigencia de nosotros en cuanto a calificaciones, dotación de insumos como computadora, computador portátil, etc.  Mas ningún aporte o cumplimiento de su parte con respecto a la casa y sus reglas. Se ganó, pues, el cielo, para volar ampliamente  Ahora no hay límites.  Estaremos pendientes, no obstante.

Bastante sé del asunto, por mi parte.  Me fui de mi casa a los dieciocho.  No quise aceptar la “dictadura” de mi padre y cogí vuelo.  Me inscribí en la universidad y me las arreglé trabajando por mi cuenta.  Veremos que depara el futuro.

En otras partes los hijos tienen que “volar” de la casa al cumplir cierta edad. Los estadounidenses piden a sus hijos el vuelo a los 21 ó 22. Nosotros, latinos, somos menos fríos en la materia y más persistentes y gregarios, pero a veces, como ahora, nos llega la hora de romper los esquemas, por más tauro que uno sea.