Ayer miércoles mi acúfeno amaneció mejor, producto del buen sueño, quizás, pero completamente diferente a la jornada sonora del día anterior.

Trabajé con relativa paz.  Escribí hasta la 1:00, por ahí.  Me levanté a las 8:30 y comí unas claras de huevo, pan árabe y avena.  En fin, hice mi rutina.

Salí por unos medicamentos a la farmacia naturista en la tarde.  Hice yoga y escenificamos una despedida, porque era la última clase antes de salir de vacaciones.  Una comida entre cincuenta personas, más o menos, con unas previas palabras del profesor, con aires de espiritualidad yoga.  Con cierta reticencia, me di permiso para romper la dieta y comer de lo que había, muchos dulces.

Nada extraordinario.  Fui directo a casa, ya casi olvidando la plaza O’Leary, la cual parece ya empezó a perder su función consolatoria y aliviante (pero no porque no la necesite, sino porque he evolucionado de algún modo y la he sustituido).  Concilié buen sueño.