Ayer domingo me la pasé de lo lindo recorriendo la ciudad.  Disfruté del paisaje  citadino y, de paso, cobré por ello a quienes se montaban en mi carro.  Tres horas anduve en ese plan de fisgón.

Empezaron las vacaciones escolares y los que no pueden viajar, por no tener cobres o cualquier otra razón, se quedaron en la ciudad, abarrotando los pocos puntos donde hay entretenimiento.  Los parques rebosaban, especialmente Los Caobos, donde desde hace una semana pastan unos dinosaurios que tienen convulsa a la ciudad.

He oído a algunos niños, en su flor de ingenuidad, discutir si están vivos o no.

Lo cierto es que la tranca es grande en los alrededores del Complejo Teresa Carreño, que es por donde ingresan hacia la zona jurásica.  La orilla del parque que da con la avenida Bolívar es una saturación de carros y de peleas por estacionamiento.  Los pedigüeños hacen de las suyas, cobrando hasta por bajarte del carro.  “¡Yo te lo cuido, yo te cuido:  tranquilo, tío!”

Así, en fin, distraje en la tarde mi afección ruidosa del oído.  No la recordé casi, sino a ratos, cuando me abismaba en un silencio o en un no muy saludable pensamiento.

En la tardecita, paré un rato en El Arabito y compré unos shawarmas, mi almuerzo-cena.  Bebí como dos litros de agua.  En la noche llegué con un saludable cansancio para dormir, y dormí a profundidad, por cierto.  Esto último debo atribuírselo con mucha certeza a un compuesto a base de passiflora y valeriana que me recetó mi homeópata.

A este respecto debo decir lo de siempre:  que no me gusta tomar nada para dormir a efectos de no condicionar mi sueño.  Aun con mis intermitentes problemas para conciliar el sueño, sostengo que no debemos tomar nada y dejarle su naturalidad al sueño y que funcione como un indicador de problemas, de perturbaciones, de salud.  Sin embargo, el viernes, cuando se lo comenté a la homeópata, después oír mis argumentos, ella me aseguró que en nada el medicamento era adictivo y que lo podía tomar con confianza.  En realidad, me persuadió cuando me razonó sus efectos de posible incidencia en el área nerviosa de mi cabeza, dios, donde se despliega mi acúfeno.  “Vienes de una parálisis facial, los nervios aún se recuperan.  El medicamento te puede ayudar”.

Lo cierto es que el susodicho compuesto (Oligoneuro) me sumió en un paraje de la somnolencia tan persistente que hasta hoy en la mañana parece durarme.

Cierro con un escrito, que comparto con ustedes.  Ayer domingo, cuando escribía las notas del diario correspondientes al sábado, recordé unos breves momentos del viernes, cuando hacía yoga.  Y, sin poderlo evitar, desarrollé de un tirón una frase germinatoria que no me dejó tranquilo mientras me ejercitaba.

La frase en cuestión fue “Soy una masa que gime, soy una masa que sufre”.  Me tuvo pensativo un rato.  La sometí a juicio.  La frené.  Me dije que no era saludable y que podía atraer sentimientos de pesimismo y otras materias que cambiarían mi química corporal hacia situaciones de estrés, ansiedad o melancolía, nada benéficas para lo que sabemos, mi acúfeno.

Es más, confieso que por breves momentos me abatí.  Pensé en la vida, en mi vida siempre llena del ruido, modificando mis hábitos y estilo de vida, impidiendo la consumación de algunos sueños.  Me dejé llevar por momentos y lamenté bastante no poder anotar la bendita frase en la libreta de notas que siempre cargo, para enfrentarla después.  Mucho tuvo que ver, también, la melodía de Joaquín Rodrigo con su Concierto de Aranjuez.  La guitarra siempre me suena lejana y melancólica.

Pero, como se ve, la idea no me abandono y me retomó ayer.  La desarrollé y punto, sin poder evitar pensar de nuevo en la vida, el destino, en los sueños, en las cosas que tu amas y tienes que condicionar obligado por los hados.  A continuación mi pequeño fantasma melancólico:

 

Soy una masa que gime

Soy una masa que sufre

una figura que va en pos de tí

amada vida

procurando redención a fuer de estrellas.

 

Como puedo con estas manos

hechas de la pasta delicada de la vida

establezco combates contra el hierro del destino

más duro y frío cuando te evade

cuando relincha

cuando huye hacia una sabana de los horizontes

cuando se te revela como un sarcasmo

como una tenaza

y choca contra tus dientes

hechos de la materia de flores pétreas

de la luz divina que quiere ser la vida

de los aromas, del amor, de los sueños

de tus momentos de inmortalidad

de corazones que laten en estampidas con cualquier emoción

de cotidianos detalles de la sangre que fluye.

Cuando estremece el globo terráqueo que es tu cabeza

y te llena de pánico con que no hay dos vidas ni otro hogar ni ventana

sino la tierra y tú, el barro en vida y tú, el polvo y tú

como sola oportunidad para el vaciado de los sentidos

como desde vasos carnales dolidos de gloria

como abeja y flor de un día.

 

De masa y figura flota un lamento

una sombra

un suspiro por mejor vida

un recuerdo del pan que una vez fue forma

un amor inacabado de planetas

Lo reuní en un blog que llevo de poemas similares (Libertad de palabra), escritos de un tirón, digamos lo más surrealistamente posible.