Ayer sábado me levanté tarde.  La casa amanece en un revoltijo por causa del técnico que llega a reparar la señal de cable de TV.  Otros vecinos rondan el área, buscando arreglar sus intereses.  Un estrés.  No desayuno.  Reviso los correos en la computadora a vuelo de pájaro.  Logro escribir mi reporte.  Subo a la azotea a darle indicaciones al técnico sobre la señal.  Llamo a la caótica empresa que nos suministra el servicio (Directv).

Aparece el dueño del edificio, con quien tengo unos reclamos pendientes respecto al funcionamiento del mismo.  Le reclamo el ascensor, el mantenimiento, la conserje, las escaleras, etc.  Se me hace tarde para la cita sabatina con el odontólogo, aunque luego me entero de que el doctor no fue a su trabajo.  Salgo a las tres a darle una vuelta al vehículo y lo trabajo un rato.

En general, me desajusto en la hora de las comidas, y no me alimento como quisiera.  No consumo una fruta en todo el día, mucho menos una ensalada.

En la noche llego y me pongo a jugar un rato en la computadora, pendiente de sentir el impacto del día sobre mi acúfeno.  Noto que no es significativo y me echo dormir, cansado y con cierta satisfacción de no sentir alterado mi concierto en sol mayor de grillos en el oído.  Tengo días obviando a mi amada plaza O’Leary de las lecturas.