Otra vuelta más del globo planetario.  Sigo, sempiternamente, con el acúfeno, aunque, como he dicho ya, con más fuelle personal para enfrentarlo. 

El suena allí adentro interminablemente, sin piedad, invitándome a que lo oiga en toda su maravillosa fenomenología ─se dirá─.  Yo, por mi parte, debo continuar una vida sin oírlo, haciendo mil una tretas para olvidarlo progresivamente, aunque él, cuando no me estoy dando cuenta de su existencia, me jala de la camisa y me dice “¡Epa, estoy aquí!”.

Le digo que no lo requiero para vivir feliz, que se vaya.  Me responde que nada puede hacer, que es como parte del cuerpo, que está allí, que me pertenece.

En fin, me las he arreglado para diseñar un modelo de vida, tan simple como ocupado, para no tener tiempo de pensar en él.  Aunque haya momentos en que me invada el desaliento.

¿Cómo ocurre esto?  Basta con imaginar que durante toda la vida tendré ese concierto de chicharras en mi oído, que no podré oír nunca más el silencio, para que mi cuerpo empiece a drenar los químicos de un malestar o sensación pésima.  De inmediato me detengo, intento cerrar los conductos secretores, impido la formación de la emoción, distraigo los pensamientos, y el sombrío fantasma emocional huye hacia otro lado.

Al menos puedo hacer eso frente a la muralla del ruido.  Controlar mis emociones, los pensamientos, lo que llaman el sistema límbico, para que no ponga en fuga al otro, al sistema nervioso central.  Este es terrible, te prepara para el combate (el ataque o la fuga) con su estrés, con sus estados de alerta, empeorando las cosas, dado que tú realmente no te encuentras en semejante situación alterada.  Oyes el ruido y ya, con todo lo que ello pueda sonar como sinónimo de alteración.

He aprendido a respirar mejor, con profundidad; el yoga me ha ayudado.  He limpiado mi dieta y régimen de vida de ingredientes disparadores del acúfeno.  He acudido paralelamente a la medicina holística y convencional.  He limpiado mi cuerpo.  Consumo la esencia de flores de Bach antiestrés, que me ha ayudando un mundo.  Y, por mi cuenta, me he inventado la fantasía de la arcilla, de la mascarilla de arcilla, que, hasta donde he sentido, me ha aliviado.  Me aplico acupuntura.  Me trato con esencias aromáticas de plantas, al menos para dormir y relajarme (no he oído de ninguna que erradique o mitigue el acúfeno.

Como se ve, hasta donde he llegado, mis soluciones consisten en fortalecerme emocionalmente para enfrentar; porque el acúfeno sigue allí, en sí mismo esplendente, sin haber topado yo con algún medicamento que lo baje significativamente.  La arcilla me lo silencia un poco, pero una gradación pequeña, aunque yo agradezco desmesuradamente.

Ayer cuando fui a la sesión de acupuntura, mientras esperaba acostado boca arriba que me atendiesen, me adormilé, sentí como mi acúfeno se domesticó aunque sea por un rato, en medio de la sala silenciosa donde me atienden.  Luego me dormí, creo que hasta roncando debido a posición tan derecha como una tabla como la que tenía.  Al despertar, por momentos sentí el redoble de las campanas acúfenas y hubo un ataque de los pensamientos pesimistas.  Algo desde dentro de mí quería invitarme a pensar ansiedades.  Pero me impuse y hubo control.  Al final, me aplicaron nueve agujas en mi cuerpo y me repuse.

Luego salí a la calle a realizar unas compras, unas esencias para mis indagaciones aromaterapéuticas, una lámpara difusora de esencias, una inscripción en la Botica Pangea para estudiar las flores de Bach.  En la tienda conocí a la profesora que me dará la inducción; conversé con ella, con mucha satisfacción, en medio de una charla bastante diversa.

No fui de regreso a la plaza O’Leary, como siempre hago antes de ir a la habitación.  Fui directo a casa, a alimentar una base de datos sobre plantas, a leer un poco más sobre esencias y sus aplicaciones.  Coloqué mis fragancias aromáticas inductoras de la serenidad y el sueño, y dormí, como una roca, desde las 12:30 AM.