Ayer sábado me paré temprano y no tuve ocasión de referir mi día viernes.  Tuve que obligarme a salir temprano para comprar algunas esencias de plantas que me han resultado difíciles de conseguir en apoyo a mis estudios de aromaterapia.  Andando de tienda naturista en tienda, conseguí en lugares diferentes azahar y mirra; y de un sólo tiro, en una especie de feria, esencias de aceite de geranio, pachulí y enebro.  Fue una buena incursión en las tiendas, porque no se consiguen todas las esencias en un sólo punto.

En una tienda especialidad y costosa, me hice con esencia de aceite de incienso, árbol del té y palo de rosa, todas importadas (la marca Tisserand).  Tomé información sobre unos adiestramientos, comí shawarma de regreso en El Arabito, de la Av. Casanova y me vine disparado hasta mi odontólogo, quien me atendió como a las 2:30 PM.  Después conduje durante tres mi carro y, sin hacer escala en mi acostumbrada plaza O`Leary, me fui directo a casa.

En la noche, tuve problemas para conciliar el sueño.  Me acosté a la 1:30 y supongo concilié por ahí a las dos y pico.  Me levanté a las 8:30.  Estoy creyendo que lo que me perturba el sueño es el basurero del polvo callejero que aspiro cuando conduzco y el mismo ajetreo del manejo.  Pero es algo que no podría aseverar con certeza (hoy lo compruebo), porque, poco antes de dormir, cuando ya tenía sueño, me forcé a preparar unas esencias y me la impresión que los olores de plantas que manipulé pudieron afectarme.

Muchas son estimulantes, tan fuertes que pueden volver a un desmayado de su desvanecimiento.  Como a la 1:00 AM terminé de preparar un tonificador para la piel reseca (que regalaré a una hermana) y un rociador para serenar e inducir el sueño, que regalaré a unos amigos.

Y hablando del viernes, ¿qué puedo decir?  Fue rutinario, como el jueves.  La diferencia del día sería el yoga y el manejo del vehículo en la noche, cosa esta última que no hice por ir a explorar la comida árabe y caminar un rato.  Respecto de la comida, no salí de lo conocido:  pan árabe, claras de huevo, medicamentos, pescado, granos, vitaminas, plátano, pera y ahora shawarma que, en definitiva, incorporaré a mi dieta por ser tan sabrosa, sana y económica.  Fui a la plaza desde las 8:00 hasta las diez.  Dormí de maravilla.

¿Qué puedo decir, en general?  He aprendido a relegar a roles no protagónicos mi acúfeno, pudiendo conversar, pensar sin percartarme de que está allí, hasta que caigo en cuenta de él.  No he medido mi acúfeno en decibeles, pero sé que es alto, inmutable, en ambos oídos.  Ojala se me haga como un detalle del paísaje, que uno mira pero no ve; o como la lluvia, que uno la siente al principio en sus goterones y luego, a fuer de habituación, pierde la cuenta de que cae.  Supongo, de acuerdo a la literatura y a una de sus recomendaciones (habituación), que está es una de las ideas de cura:  olvidarlo, combatirlo con olvido.

Para ello, hasta donde yo he avanzado,  me ha resultado útil la lectura y la investigación, en especial la escritura.  Me olvido del ogro mientras escribo, incluso, por sorprendente que parezca, pasa cuando escribo este diario, que es sobre la vida de un afectado por acúfeno.