Ayer me apliqué nuevamente durante una hora la mascarilla de arcilla y, aunque el acúfeno continúe vivo, sigo reportando beneficios.  Lo tolero mejor y llego a pensar que lo disminuye.  Adoptaré aplicármela hasta que haga su trabajo o deje de surtirme efectos.

Escribí hasta las 2:00 PM.  Alimente un blog de cuentos breves que llevó, el presente diario, además de unos preparativos para unos futuros artículos sobre política.  Realizar un trabajo específico en la computadora, con el apoyo de la INTERNET, es todo un reto.  Cuando empiezas a investigar el punto, el mundo se hace grande y diverso y resulta difícil concentrarse en un tema único.  Increíblemente se te fugan las horas, cuando la indagación sólo requiere unos 20 minutos.

Llevo también una agenda que me da la pauta tanto para leer, investigar, escribir o realizar algunas actividades domesticas o realizar algunas llamadas.  Tengo abiertos varios temas, que alimento lentamente con la investigación programada en un software.  Atiendo, por otro lado, más de una decena de páginas en línea.  Para quienes quieran conocer este aspecto, les dejo mi perfil Google, donde se listan mis pasiones por la política, el cuento, la poesía, la música criolla, la filosofía y la poesía.  El mini cuento que escribí ayer ─algo jocoso, por cierto─ lo refiero en el blog blogger Cuentos Rápidos de esa lista.

Suelo primero escribir este diario (nueva tareas desde la afección sonora que me aqueja), leer las noticias en línea, verificar la programación para mis actividades en el Microsoft Outlook y, finalmente, escribir propiamente lo que me guste o tenga en planes de desarrollo.

A las 3:30 salí con mi esposa al yoga.  Lllegamos tarde.  El cielo se había encapotado para desatarse en una lluvia de esas que yo llamo tumba-ranchos.  De regreso, cada quien fue a lo suyo.  Yo me fui a la plaza Bolívar a ver en pantalla gigante el juego Paraguay-Venezuela y ella a aderezar un pollo asado que compramos.  Como ambos ahora seguimos una dieta lo más limpia posible de basuras grasas y carbohidratos, no podemos comer cualquier cosa como antes y solemos sentir mucha hambre.

Vi el primer tiempo del juego en la plaza.  Había mucha gente y entusiasmo, sobre la idea de que nuestra selección tenía todo el chance del mundo para ganarle a Paraguay, clasificar, ir contra Uruguay (a quien ya le ha ganado) y coronarse campeón de la Copa América.  Todo un sueño y una posibilidad.  Cuando terminó el primer tiempo, me fui a casa, convencido de que, por tradición, los arbitros jamás favorecen a Venezuela.

El segundo tiempo y la prórroga fueron una agonía de emociones.  Nuestro equipo, superior a Paraguay, merecía estar en la final, cosa que no se decidió en los penales, donde perdimos.  Fue insólito, triste.  Un equipo ganador e inspirado como el de Venezuela, no fue para el baile, como se dice, y en su lugar fue Paraguay, un equipo que va a la final sin ganar, a punta de empates (cinco en total).  Así es el fútbol:  no vale lo que yo quiera o tú, quien lo hace mejor o no, sino los goles, la coño de pelota metida entre la maya del arco.

Después de resolver algunas desaveniencias con entusiasmadas hijas, que salieron a ver el juego a la calle con amigas y amigos, me acosté como a la 1:30.

Lo demás del día fue rutinario.  Me paré a la 8:00 AM, tomé los medicamentos, desayuné claras de huevo, pan árabe y patilla; hice mis ejercicios matinales, me puse la mascarilla, almorcé arroz, pescado, plátano y manzana y, en la noche, ya tarde, cené pollo en brasas con ensalada.