Ayer domingo fue el segundo día con molestia y acúfeno insistente.  Nuevamente me levanté y nada, el señor acúfeno, nada más abrir los ojos, se empeño en hacerse notar.  Ello sin contar que en la noche anterior, antes de dormir, se puso duro también, hasta el punto que me obligo a encender el ruido “blanco” del radio por momentos, como les dije en mi reporte anterior.

Que no haya vuelto a sus andanzas suaves, como en anteriores días, me ha preocupado, por más que me esfuerce yo en callármelo en esa onda que ando de no hacer conciente mi acúfeno y no darle importancia.  Al respecto, recuerdo siempre al pasajero-carnicero, que se quitó el ruido de tanto no oírlo.

Estoy casi concluyendo que manejar el vehículo, cansarme bastante en la calle al ras del polvo, humo y contaminación, me rompe el delicado equilibrio que utilizo para combatirlo.  Pero será cuestión de horas saberlo, si vuelvo a la normalidad al no manejar más el carro, dado que esta semana (desde el lunes hasta el jueves) no lo haré.  Comprobaré qué tanto me afecta manejar para no disfrutar de los pequeños momentos que la vida me da sin acúfeno, como son la mañana y la noche antes de dormir.

Ya he dicho que he manejado el carro el viernes y el sábado, además de ayer domingo.  Mejor dicho, lo he “ruleteado”, como se dice en vernáculo para indicar que se carga pasajeros.  La noche del viernes lo hice y no amanecí con el ruido atenuando; anteayer, el sábado, también, y tampoco amanecí de los mejor para el domingo.  Veremos.

Mi desayuno ayer fue de claras de huevos, pan árabe y avena; el almuerzo estuvo compuesto por lentejas, ensalada verde (lechuga, pepino, cebolla, cilantro); la cena, arroz chino hecho en casa, es decir, con pollo, muchos vegetales y sin grasa.  Entre el almuerzo y cena comí un yogurt.

En la mañana escribí algo 10:00 y 12:30.  En la tarde ruleteé el carro entre 2:00 y 4:30.  Vi el juego de nuestro equipo vinotinto en la Copa América, donde triunfó, por cierto, y, después de 44 años, le ganó a Chile, eliminándolo del certamen.  A propósito, un amigo me contó haber visto las cuñas publicitarias que Chile transmitía respecto al fútbol propio y el nuestro; decían algo así, para tener una idea:  “Ellos (nosotros los venezolanos) nos muestran sus telenovelas; nosotros (los chilenos), les enseñamos fútbol”.  Buena esa tunda que recibieron por falta de humildad.  El equipo de fútbol venezolano es otra historia:  le empata ahora a Brasil y Paraguay, los grandes de siempre.  Tanto rodar por el mundo haciendo juegos amistosos ha empezado a dar sus resultados.  Por primera vez mi país clasifica a los cuartos de final de la Copa América.  Siguiendo con Chile, vea usted:

Uno de los videos que Chile puso a rodar antes del enfrentamiento contra Venezuela, que perdió

Después de ver el juego en casa de unos conocidos, guardé el carro como a las 8:00, yéndome luego con ansiedad a la plaza O`Leary para restablecer mi ritual de serenarme allí antes de irme a casa a dormir.  Como les dije, allí, con el ruido de la ciudad, en una zona central de Caracas, descanso de mis chicharras un rato, leo y tomo valor para continuar con la vida.

Conversé con un viejo antes, mientras caminaba, y me recomendaba que me bañara  en la orina propia (no que la tomara, como hay una práctica por ahí) dizque para sanarme.  Les contaré luego si llego a tal extremo.  Les recuerdo lo que les he dicho antes:  dado que el malestar que padezco no tiene posología científica para curar su mal, es decir, no se cura con una medicación específica, abierto he quedado a la magia, la magia de la naturaleza, digamos, de la medicina alternativa, los holistas, homeópatas, iridólogos, acupunturistas, aromaterapia, yoga, la relajación.  Una persona como yo, enamorada de sí misma, digámoslo así, arrogante, poco humilde, como era mi talante y confianza propia, ahora ora, pide al Supremo, se baña de humildad y ha ofrecido su vida para dedicarse a otros en obra y conocimientos, con tal de encontrar la salud.  Quienes posean este malestar, sé que me comprenden.