Mi acúfeno se sublevó nuevamente.  Hoy sábado no amaneció en calma, como me había acostumbrado en la semana.  Amaneció patente, y no me lo pude explicar, considerando que no había hecho nada inusual el día anterior.  Es decir, escribir en la mañana, hacer yoga en la tarde.

Lo único nuevo ─como dije ayer─, fue que después del yoga tomé el carro y me puse a recorrer la ciudad.  Manejarlo me agota, y se que la literatura médica aconseja no exponerse tanto al monóxido de carbono y gases de la calle debido a la sospecha de no es beneficioso para el acúfeno.  El andar sentado en el carro, al ras del suelo, digamos a la altura de los gases tóxicos que se asientan sobre el pavimento.  Es un punto a explorar.

Escribí rápidamente y me dedique en la mañana a ordenar los datos para este diario, lo más científico posible.  Las citas al médico otorrino, a la holista, mis lecturas y sus medicaciones, todo en orden cronológico.  Todavía sigo arreglando tales fechas.

En la tarde me fui de parranda con el sol, es decir, me puse a manejar bajo el fuerte sol del día, llevando pasajeros para allá y para acá.  Me entusiasmé tanto con la actividad, que no paré en mi acostumbrada plaza O’Leary para leer un poco.  Allí ocurre que me relajo, leo de todo, lo cual es mi pasión.  La lectura me alivia, me transporta, me hace pensar en nuevas dimensiones de la vida, dejando en el foso el eterno sonido.  Leo allá desde un clásico literario, pasando por historia universal, medicina alternativa, hasta historia.  Y también se me ha ocurrido escribir algo.

El otro día vi a una pareja de novios y se me ocurrió ocupar el lugar del muchacho para escribirle un pensamiento a la novia, pensando siempre en lo eterno, en la unidad de los seres.  Fue esto:

Una mariposa es una hoja que vuela
Un atardecer, el saber que no hubo tiempo
La noche es todo tu cuerpo extendido
Y el pensar es un desordenado espiral sobre tu seno
 
Así es cualquier detalle de día, vida mía.
Una invitación de sol y luna que serpentea hacia tí…
Y así es el solar día, que se me va contigo
contemplando hojas y remolinos en cualquier plaza
caminando
hasta que la noche me acuesta sobre la ilusión de tus rodillas.

 

Regresé en la noche a casa, bastante cansado, con seguridad lleno de polvo en los pulmones.  Mi acúfeno no quiso cesar ni siquiera antes de acostarme, momento cuando se serena.  Se mantuvo firme y me obligo por un momento a colocar el ruido “blanco” del radio mal sintonizado para tratar de dormir.  De primera, me dormí, pero desperté luego y me costó conciliar mi amado y restañador sueño.

Me supongo que la ruptura de mi paz tuvo que ver con el mucho conducir.  Como dije, es un punto a explorar.