El día de ayer fue fuerte y decepcionante.  Tres días ya llevaba controlando mi acúfeno, pasándolo a un segundo plano, no pensando en él, hecho que me facilito pensar que mi vida podía ser llevadera así.  Pero me levanté muy temprano a una cita con el fisiatra en el Centro de Rehabilitación y la cosa se complicó.  Con mucho sueño, la sensación de no haber dormido lo suficiente, salí a la calle y me malhumoré.  El señor acúfeno también hizo lo mismo y se me hizo muy patente.

Me dolí entonces porque así fuera.  Me di cuenta que aún no lo tenía bajo ningún dominio que todavía me podía fregar un rato la paciencia.  Sonó y sonó durante toda la mañana, en la espera como paciente con el fisiatra.  Así perduró hasta las 4:00 de la tarde, cuando me fui a la plaza O’Leary a leer un rato.  Allí los ruidos lo enmascararon y pude leer y descansar un rato.

Leo actualmente sobre aromaterapia y, poco antes de llegar a la plaza, estaba comprando algunas esencias.  Esto me permite asentar que, además de las flores de Bach, esto de los olores, aceites y esencias, han empezado a contribuir a mantenerme sereno.

Durante mi estancia en la plaza tuve el temor que el acúfeno me acompañara tan hoscamente hasta el apartamento.  Que sonara y sonara tan fiero como había sonado durante el día.  Pero me sorprendí gratamente:  se serenó apenas al llegar a la casa, donde no había gran ruido (pensé que por eso lo oiría más fuerte), como si se acoplara según el ruido ambiente.  Es decir, si el ruido es alto, el suena alto; y si bajo, bajo.

Supongo que es su fisiología propia de supervivencia, lo cual es "joder" para mí.