En el día de ayer, que fue corriente con la rutina de ejercicios en la mañana y el yoga en la tarde, al dormir y levantarme en entresueños, no oí el acúfeno.  Por momentos desapareció, por ahí como a las 3 de la madrugada cuando fui al baño (me levanto a esa hora para tomarme un medicamento).  No lo oí y ello me entusiasmó de tal modo que concebí la esperanza de que en algún momento podría desaparecer de modo definitivo durante la vigilia.

Mi acúfeno amanece suave, pero en la medida en que mi cuerpo se despierta y se activa para la actividad del día, toma su cauce y volumen rutinarios.  Está claro que al amanecer, cuando volvió la "normalidad", mi entusiasmo se fue, aunque no del todo porque me parece indicio de que el bendito pito puede ser derrotado.

Lo único diferente que hice levantarme temprano, a las 6:30.  Escribí desde las 10:00 AM hasta las 2:00 PM, inventando una y mil argucias de paciencia frente al computador.  Mientras escribo, me apretó las orejas y me masajeo el borde posterior del occipital.  Me funciona, me alivia, hasta que consigo una escritura o lectura que me atrapa y me hace olvidar la molestia.  Presiono, además, los puntos de acupuntura para tratar el oído.  Camino un rato por allá y por aquí.  Me sereno.  Bloqueo los pensamientos malévolos que vienen a mi a contagiarme con sus historias agónicas o pesimistas.

Cuando llega el mediodía, siento que tengo que salir, aunque no tenga necesidad de hacerlo.  Supongo es la costumbre de salir en las tardes, cosa que no me cuadra ahora que estoy de reposo y que debo de quedarme en casa.
En fin, punto y final para esta nota, feliz por un momento, sin acúfenos de amanecer.