Como una medida de habituación, en la línea de "convencer" al cerebro de que su ruido no lo necesito para vivir normalmente, que no me hace un favor colocándome en alerta con sus señales, me he puesto a realizar las actividades corrientes que efectuaba cuando carecía de acúfeno.  En especial salgo mucho a la calle, dado que antes salía en las tardes a manejar un taxi y a conversar con los pasajeros.  Y así, pues, me he puesto de nuevo a conducir, pero no todos los días sino algunos días claves y rentables a la semana.
El ruido del vehículo y de la calle me hace olvidar el concierto de mis oídos y, supongo, mi psique descansa un rato.  Mi idea es agotarme lo más que pueda físicamente para dormir profundamente.  Así también hago en las tardes (cuando no manejo el taxi), yéndome a la plaza Daniel Florencio O`Leary a leer un rato, por ahí hasta las 9 de la noche.
Ayer en domingo tomé a un pasajero en el mercado de Quinta Crespo y lo llevé a la Cota 905.   Entablé conversación con él.  Era un tipo grande, fuerte, barrigón, digamos de aspecto natural para así intentar dar una idea de las personas a las que les paso algo complicado y naturalmente se les resuelve.  Llanero, probablemente, porque me dijo que se cayó de un caballo y se aporreó la cabeza, quedándole un ruido "terrible" en su oído.  Duró dos años con él, lapso en el cual -me dijo- enloqueció casi, se desmayaba con frecuencia y le costaba dormir, y, si lo lograba, sufría pesadillas.
Me dijo que un trabajo de carnicero, en contacto con la gente y el ruido de la calle, lo curaron.  Se le quitó en definitiva, hasta el punto que no le teme al silencio y, en medio de él, no lo oye.  Bueno, yo me maravillé, me entusiasmé, tomé esperanza, porque yo ando en eso, digamos en la terapia de los ruidos de la calle y la habituación.  Espero, como él, sanar pronto.
Y en cierto modo me considero afortunado, tal vez por mi natural tranquilidad que me ha facilitado digamos digerir el acúfeno y no perder los estribos, dando pie a mayores complicaciones nerviosas; quiero decir, no me desmayo y he logrado mantener a raya la desesperanza, eso que dispara el sistema nervioso central en señales de alerta, huidas o ataques.
Al final, sonriente, el llanero (digo que es llanero, por lo del caballo y lo del algodón) me recomendó las gotas o aceite del algodón crudo aplicado en el oído.